Un hombre de hoy en día

Pegadas con cinta aislante y desplegadas por toda la pared de mi dormitorio están las fotos de ese hombre idéntico a mí en todo pero que no soy yo. Son copias impresas de instantáneas furtivas hechas con móvil, la mayor parte de las veces desenfocadas, pero datadas con fecha, hora y lugar, en las que ese hombre idéntico a mí lleva a cabo actividades cotidianas. Su piel morena y su cabello negro parecen claramente la herencia de mi familia materna. Es mío ese estilo de vestir casual fuera del trabajo: zapatillas deportivas, pantalones vaqueros y sudaderas compradas en H&M o esa nota de color que tanto me gusta consistente en una camiseta con un chiste inteligente en torno a los personajes de Star Wars o Star Trek. Veo algunas fotos y reconozco como mía esa manera de liar los cigarrillos que aprendí con los amigos de la facultad o que él aprendió con sus amigos de la facultad o que ninguno de los dos aprendimos jamás. Siguiendo sus pasos cada fin de semana, identifico como compulsivamente mía su costumbre de acudir los sábados al cine para ver el último estreno de ciencia-ficción, siempre solo, para después comprar otro cartón de palomitas y otra Coca-Cola tamaño XL que no va a compartir nunca con ninguna mujer, por lo que seguro que se lamenta en el camino de vuelta a casa, de la misma manera que lo hago yo. También me es familiar esa otra rutina entre semana de entrar perfectamente trajeado a las 7:40 a.m. en el hall del rascacielos de Jameson & Goldberg Consulting, con el mismo atuendo y a la hora exacta en que debo hacerlo yo en el de Bolton & Bergman Consulting. Detalles que serían insustanciales, de una vida anónima y convencional, de no ser porque es exactamente mi vida replicada por alguien en todo idéntico a mí en otra ciudad.

Ahora que doy vueltas entre las sábanas arrugadas de mi cama, esperando que la luz del amanecer se cuele por debajo de los resquicios de las puertas, ventanas, persianas y cortinas, corridas, cerradas, bajadas en algún momento de la noche, ahora que ya no necesito anfetaminas para seguir despierto, pues ya no hay sueño posible, me pregunto una y otra vez cómo empezó todo esto. Y me remonto a una conversación inicial con Carlos, en un reservado de madera de la Irish Tavern. Habíamos tenido un día intenso de trabajo y queríamos relajarnos. Mi compañero se desanudaba la corbata, daba un sorbo a la pinta de cerveza y se enjugaba el sudor de la frente. Parecía que se sentía incómodo enfundado en un traje, pues le sobraban unos 30 kilos, pero todos los informáticos de la Bolton & Bergman Consulting estamos obligados a llevarlo.

—Hay un bulo realmente extraño corriendo últimamente por los foros de los más expertos. Una teoría bastante conspiranoica —me dijo.
—Soy todo oídos.
—Dicen que la Efestos Corporation… ya sabes… los de la robótica… han creado un androide perfecto, una especie de replicante a lo Blade Runner, y llevan un tiempo probándolo en otras empresas con su consentimiento.
—Eso me parece un poco ida de olla. No me lo creo.
—Hay un una web… Geeconspiranoics.com o algo así… allí puedes encontrar un montón de información sobre el tema.

Esa noche, antes de acostarme, entré por curiosidad en la página de Internet. Sé que nunca debí hacerlo, que de no ser curioso todo iría igual de bien o de mal que siempre y que prefiero ese siempre neutro, insípido, ni blanco ni negro con olor a ozono, a estas noches sin sueño, mirando girar las aspas del ventilador, atemorizado porque sé que finalmente voy a ejecutar mi decisión. Esa condenada noche leí unos contenidos que en principio me hicieron sentir intelectualmente superior a sus autores, personas que aseguraban que las corporaciones estaban siendo tomadas actualmente por robots de apariencia humana, eficientes, sin conflictos internos, baratos, y más fácilmente sustituibles que los trabajadores orgánicos. Navegué por un largo ensayo con tipografía en verde fosforescente sobre un fondo negro, repleto de faltas de ortografía, en el que se especulaba sobre los planes de Efestos Corporation de crear el obrero perfecto, apoyada por los grandes intereses económicos globales y la mayoría conservadora gobernante en los países occidentales. Y me estaba riendo literalmente cuando uno de los comentarios paranoicos del foro me dirigió a otra página con fotos de esos supuestos robots. Una secuencia de instantáneas de móvil de hombres y mujeres de todas las razas y edades saliendo del hipermercado, entrando en el lugar de trabajo, bebiendo unas cervezas, asistiendo a la misa dominical o comiéndose una hamburguesa en un MacDonald’s. Y entonces me encontré. O le encontré. O nos encontramos. Era ese hombre idéntico a mí en todo pero que no soy yo saliendo del hipermercado, entrando en el lugar de trabajo, bebiendo unas cervezas, asistiendo a la misa dominical o comiéndose una hamburguesa en un MacDonald’s. Solo que yo nunca había estado en esos sitios pues estaban ubicados en otra ciudad. O quizás sí que había estado. La verdad es que ya no lo sé.

Entonces comenzó la aventura enloquecida que esta noche tocará a su fin. Las tazas de café frías se agolpaban sobre la mesa del ordenador. Los cartones de pizza a domicilio desbordaban la papelera del despacho. La lista de reproducción de grupos alternativos de los noventa en Spotify daba la vuelta sin descanso. El pequeño bote de anfetaminas, del que antes sólo hacía uso cuando había una entrega urgente en la empresa, se acababa una y otra vez. Y llamaba por móvil a TJ y le esperaba nerviosamente y llegaba con sus píldoras y su conversación sobre grupos musicales de cuando nuestros padres eran jóvenes pero deseaba que se fuese y no sabía cómo echarlo porque tenía que volver al ordenador, tenía que saber más.

Desde luego que supe más, mucho más de lo que debía. Primero entré en el círculo externo de confianza de los foristas, comentando lo que se debatía, haciéndome uno de ellos. Los que pasaban por la web sólo por curiosear llegaban a calificar mis intervenciones como las de un auténtico demente. Después pasé al círculo intermedio. Todos conocían ya mi nickname y valoraban mis elucubraciones más extremas. Había alcanzado el rango de ”Suspicion Master”. Con alegría y nerviosismo ingresé en el círculo interno, lo que me permitía entrar en los foros secretos, en sus bases de datos. Al fin conocí el nombre de ese hombre idéntico a mí, pues había todo un dossier en torno a su persona. Fui informado de sus hábitos, sus escasos éxitos profesionales, su nula vida sexual, hasta tuve entre las manos un informe médico evidentemente falso. Pero lo que realmente no podía dejar de mirar eran esas fotografías mostrando una apariencia igual que la mía, pero en otro cuerpo, una vida idéntica a la mía, pero en otra ciudad.

Las aspas del ventilador giran lentamente, incapaces de enfriar el aire cálido y denso del verano. El despertador indica con sus dígitos rojos que son las 5:32 a.m. Aún no ha amanecido. Demasiadas preguntas agolpándose. Posiblemente, una sola respuesta. Y sé que hay que hacerlo, pero tengo miedo. No me queda otra que comprobarlo, saber quién es el original y quién es la copia. Por eso me levanto de la cama revuelta, sin sábanas, a penas un colchón que debería estar húmedo si al menos fuese capaz de sudar. Me dirijo, dando tumbos, desnudo, a la cocina. Ojalá volviese a necesitar las anfetaminas. Ójala pudiese volver a tener sueño. Y busco entre los cubiertos la herramienta más adecuada. Finalmente la encuentro: un cuchillo con dientes de sierra. Me siento frente a la mesa de madera donde antes desayunaba puntualmente a las 6:15 a.m. Extiendo el brazo izquierdo sobre ella.

Sólo espero que me duela mucho, sangrar de forma alarmante, tener que ir al servicio de urgencias del hospital y que me hagan una incómoda cura, que me diagnostiquen algún tipo de trastorno psiquiátrico, que me obliguen a comenzar una terapia.

Lo hago. Clavo el cuchillo sobre mi antebrazo y recorro con él una parte del mismo hasta abrirme una herida profunda. Pero Dios, en caso de existir, no escucha mi súplica. No hay dolor. Tampoco sangre. La grieta en mi brazo muestra un cableado negro, rojo, amarillo, un músculo sintético y seco sobre una base rígida de titanio cromado.

Entonces deseo llorar, pero tampoco soy capaz.

Fecha: Junio 2015 | Revisado: Junio 2016

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