Spinoza

En cada etapa de mi vida me ha acompañado un filósofo o una escuela de pensamiento.

Mi infancia fue decididamente católica, pero en la adolescencia me abrí a otras formas de entender el mundo. Era la época en la que estaba de moda la Nueva Era y la oferta de “experiencias espirituales” era de lo más diversa. Había para todos los gustos y ninguna exigía los rigores de la ortodoxia cristiana.

Ya en la facultad, compartí con mis amigos y compañeros un interés por el humanismo que, en cierto modo, iba a contracorriente de la tendencia posmoderna que empezaba a dominar el mundo académico español.

No obstante, la experiencia que marcó mi primera vida adulta fue formar parte de un grupo que practicaba zazen, la técnica de contemplación de budismo zen. Ahí no solo leí a crípticos maestros zen como Dogen, sino a Ken Wilber, un psicólogo transpersonal fuertemente influido por el neoplatonismo y el budismo.

Por entonces creía que ese iba a ser el marco interpretativo para el resto de mi vida y que envejecería con esos compañeros de viaje. Pero aquella experiencia también llegó a su fin. Descubrimos que el zazen no era para todo el mundo; lejos de darme paz, me confundía. Mantengo una buena amistad con los miembros de aquel grupo, pero abandoné cualquier forma de práctica contemplativa y aparqué la investigación del budismo.

Entonces volví a la filosofía. Y fue cuando me encontré con Baruch Spinoza, un filósofo racionalista del siglo XVII con una visión panenteísta del universo. ¿Qué es el panenteísmo? La idea de que Dios o la Divinidad es inmanente a la vez que trascendente, es decir, que es el mundo manifiesto a la vez que aquello que está más allá de él (lo nouménico, la cosa en sí de Immanuel Kant).

Spinoza fue un librepensador fuertemente criticado por la religión judía de su tiempo, donde se había formado, así como por los cristianos. De hecho, la Iglesia católica no tardó en incluir sus obras en el Index librorum prohibitorum.

¿Por qué levantó tal revuelo un filósofo que en su obra hace referencias una y otra vez a Dios? Porque ponía en tela de juicio el teísmo, la idea de que existe un Dios con características antropomórficas que se revela a la humanidad y que tiene un plan de salvación para la misma. El Dios de Spinoza es la realidad en todo su conjunto, con sus leyes naturales inexorables, carente de voluntad propia y de individualidad. Para Spinoza sólo tiene sentido amar a Dios intelectualmente, comprendiendo los mecanismos de la naturaleza mediante el conocimiento. Comprender el mundo de forma racional es, de este modo, el objetivo más virtuoso de cualquier ser humano. Esta línea de pensamiento se separa de cualquier forma de adoración religiosa y/o espiritual, del dogma y de toda versión de una verdad revelada.

Aparte de entender a Dios desde una perspectiva estrictamente filosófica, Spinoza era un activo promotor de la democracia y de la libertad de conciencia, lo que facilitó a los grupos reaccionarios de su momento la tarea de condenarlo muy activamente.

He de reconocer que leer a Spinoza directamente es un trabajo arduo. Su estilo es frío, sin un ápice de literatura y basado en una cadena interminable de deducciones lógicas, como gustaba en su época. Pero al leerlo, tienes la sensación de que tras esta forma de escribir trasnochada aguarda una interesante verdad (con minúscula) filosófica.

Tengo claro que este no va a ser el último paso en mi búsqueda intelectual, que tras Spinoza vendrán otros autores que me ayudarán a seguir construyendo mi interpretación del mundo. Quizás lo que más me atrae de Spinoza es que no se basa en estados no ordinarios de conciencia para levantar una metafísica muy sólida, perfectamente compatible con la objetividad científica de nuestro tiempo. Spinoza confía exclusivamente en el pensamiento para explicar el universo, la psicología humana, la moral e incluso para mejorar el gobierno de las naciones. Su única fe es la razón, esa facultad casi olvidada en estos tiempos de regresión cultural.

Seguiremos leyendo a los clásicos filosóficos y literarios que, al fin y al cabo, es seguir leyéndonos a todos.

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Mago: La Ascensión. Edición 20 Aniversario

Este verano me llegó el resultado de un crowdfunding en el que participé unos meses antes: Mago: La Ascensión. Edición 20 Aniversario en su versión deluxe. 684 páginas de juego de rol encuadernadas en falsa piel negra, con los cantos dorados. Parecía un grimorio de las historias de H.P. Lovecraft. Y en cierto modo lo es.

Este mamotreto en su versión digital me acompañó durante el viaje que hice a Edimburgo con mi preciosa compañera Estrella. Mientras recorríamos los parajes verdes de Escocia y pasábamos unos días en la ciudad de mis sueños, Oxford, esta biblia pagana del sin par escritor Phil “Satyr” Brucato alimentaba nuestra fantasía. De una manera cómplice, nos echaba una mano para hacerla realidad.

Hay juegos de rol que son una evolución de los wargames. Otros que se asemejan a videojuegos complejos. Finalmente, hay una tercera especie que son Arte. Mago: La Ascensión pertenece a esta última categoría.

Mago: La Ascensión trata sobre personas que creen tanto en su mundo que lo hacen realidad. De gente que no se rinde, a pesar del Mundo de Tinieblas en el que habitan. También explora la tolerancia, pues los magos tienen que colaborar con gente con ideas muy distintas a las suyas para sobrevivir. Y, sobre todo, reflexiona sobre la Magia, ya se presente en forma de hechicería, arte, fe o alta tecnología; los artistas, sacerdotes y científicos también son magos a su manera.

Es un juego que requiere esfuerzo. No solo por su tamaño, sino por la complejidad del sistema de magia libre que presenta. Hasta propone su propia metafísica, que no se diferencia demasiado de las que he leído en algunos libros de espiritualidad de la Nueva Era. Con la ventaja de que en este juego todo es literatura, y en los libros de metafísica se confunde la realidad con el sueño.

En la práctica, la propuesta de Phil «Satyr» Brucato es la libertad llevada a la mesa de juegos. ¿Quieres una saga de exploraciones de otros planos de existencia? Puedes jugarla. ¿Prefieres pequeñas historias intimistas de personas con poderes en un mundo inclemente? Tienes todas las herramientas que desees para desarrollarlas. ¿Lo tuyo es la política y quieres hacer una crítica al neoliberalismo tecnocrático? Ya está tardando en leerlo.

Como me pasa con frecuencia, la nostalgia es otro factor que hace decantarme por este juego. Cuando me acerqué a él por primera vez en el año 1996, corría su segunda edición y yo pululaba por los pasillos de la facultad haciendo todo lo contrario de lo que debía. Volver a este universo de ficción es, en cierto modo, recuperar las conversaciones sobre literatura de terror que tenía con mi amigo Julio Abelenda, o recordar la imposible etapa cyberpunk del también amigo Agustín Lozano. Siempre estarán ahí, mis dos colegas, escriban, no escriban, tengan hijos, se trasladen a vivir a Lisboa o monten librerías.

No me atrevo a asegurar que llegaré a dirigir este juego. Me gustaría, sobre todo por Estrella, que se educó con Harry Potter y sería una estupenda maga de la Orden de Hermes. Pero mi constante es la inconstancia, hacer planes que después no cumplo, fantasear con posibilidades. En caso de que rompa esta regla y finalmente desarrolle una crónica, informaré debidamente en este blog.

Mientras tanto, seguiré leyendo y releyendo este juego o grimorio o como cada uno quiera llamarlo, pues tiene algo de clásico. Cada nueva aproximación, en cada nueva etapa de la vida, ilumina algún aspecto de ti y de tu mundo que antes permanecía velado.

Las tiendas especializadas

Hace muchos años que tengo un sueño recurrente: estoy en una tienda especializada donde parece que puedo encontrar todas la versiones de los cómics, juegos de rol y libros de ficción especulativa que pudiera imaginar. Cada vez que visito ese reino onírico, siento la misma emoción de cuando era un niño y mis padres me llevaban a la juguetería Las Tres Campanas de Badajoz. ¡Hay tantos mundos que navegar, tantas ideas por explorar, tantas pasiones que vivir,  tantos buenos ratos futuros de juego con los amigos!

Volviendo al mundo real, creo que la primera vez que pisé una tienda especializada fue en Madrid, a principio de los 90s. Por entonces padecía una dolencia complicada de tratar y necesitaba ir todos los meses a un especialista de la capital. Era un viaje que no quería hacer, en una situación indeseada para una persona tan joven. Pero mi padre, que siempre ha sido una persona empática y compasiva, me llevaba después de la consulta a una de esas primeras tiendas frikis para aliviar lo desagradable de la situación. Y entonces, el viaje merecía la pena. En aquellas tiendas me recibían los carteles de Star Trek: The Next Generation que en aquel momento me parecía una franquicia muy yanqui a la que no terminaba de pillarle el punto. En el interior del establecimiento podía encontrar cómics Marvel, DC, Vertigo o de Hellboy que todavía no se habían publicado en español. O los últimos módulos en inglés de Advanced Dungeons & Dragons, el juego de rol que dirigía. Como buen adolescente rebelde pero introvertido, estaba pasando mi “etapa gótica”. La ambientación Ravenloft de AD&D, que combinaba fantasía épica con terror gótico, parecía escrita para mí. Sigo teniendo los manuales, que ahora me parecen una reliquia kitsch de esa década mágica; las pocas veces que los ojeo me sonrojo, no sé si de vergüenza ajena o de ternura. A veces me aventuraba a comprar algún manual de rol de editoriales independientes norteamericanas, normalmente impublicables en español, y sorprendía a mis jugadores badajocenses con una nueva ambientación en la que dar rienda suelta a nuestra nerdosa y febril imaginación.

En la última década Internet ha democratizado el acceso a este material, y puedes adquirir lo que quieras en formato PDF por un precio muy razonable. Pero para mí las tiendas especializadas siguen siendo sitios llenos de magia y encanto, puntos de encuentro donde conocer la obra de nuevos autores y diseñadores de juegos o donde echar un rato agradable de charla con otras personas de tu misma tribu subcultural. No soy muy dado a jugar en ellas, ya que prefiero hacerlo en mi casa con mis amigos de siempre. Pero reconozco que en muchas ocasiones también ejercen de centros de reunión social para personas que quizás resultan demasiado extrañas por sus gustos culturales en contextos más convencionales.

Posiblemente, mi tienda especializada favorita es Gigamesh, en Barcelona. Un auténtico paraíso friki donde puedes encontrar desde libros descatalogados de ciencia ficción a las últimas novedades roleras importadas directamente desde yanquilandia. Siempre que voy a Cataluña, hago una parada obligatoria en esta tienda y hago arder un poco la tarjeta de crédito.

Es agradable comprobar que estos establecimientos ya no son únicamente refugios de hombres veinteañeros vestidos de negro con gafas de lentes gruesas, melenas grasientas y cara de no saber lo que significa la palabra “teta”. Creo que desde principio de la década del 2000, la tribu friki abrió sus puertas, y pudieron entrar steampunks, cosplayers y personas de cualquier género y orientación sexual. Ha pasado a la historia la obligatoriedad de cumplir con el voto de castidad heterosexual que parecía ser la norma para formar parte de la Iglesia del Dado Poliédrico. 

Dentro de mi lista de propósitos frikis, aún me quedan unos cuanto ítems por chequear. El principal es el de asistir a alguna convención grande de ciencia ficción, cómics o juegos de rol. Debe ser como ir a una tienda especializada pero reconcentrado. He leído que quienes llevan actualmente los juegos de rol de la línea Mundo de Tinieblas en España quieren hacer algo gordo en Madrid este año. Si es así, no me lo pierdo. Ya informaré debidamente en este blog.

¡Tertúliense!

Hace dos semanas supe que la librería Montevideo, regentada por mi amigo Julio Abelenda, cerraba sus puertas definitivamente. Mantener una librería es un oficio complicado en esta época donde Amazon y las descargas ilegales hacen una competencia difícil de neutralizar. Además, los hábitos de consumo cultural parecen estar cambiando muy velozmente: el tiempo que antes dedicábamos a leer un libro de relatos o una novela lo ocupamos cada vez con más frecuencia en ver series de televisión o en jugar a videojuegos.

Pero en vez de ponernos a llorar juntos por los tiempos pasados o por nuestra dificultad de adaptarnos a los nuevos, hemos celebrado los tres años de aventura de la librería como buenos hombres del siglo XIX que somos: celebrando el miércoles pasado una última reunión de nuestra tertulia literaria. En esta ocasión convocamos a los amigos que llevamos juntándonos desde el año 2001 y a aquellos nuevos que ha atraído la Montevideo y que ya forman parte del grupo por derecho propio.

La verdad es que este encuentro tuvo poco de literario. Los temas que pasearon fueron principalmente asuntos personales, películas, series de televisión, cómics y alguna referencia a nuestras últimas lecturas de ciencia ficción. Da la impresión que los mismos tertulianos que entramos en el siglo XXI un tanto descolocados nos estamos adaptando la las tendencias culturales contemporáneas.

Lo que resultó realmente hermoso fue el hecho de reunirnos casi todos los integrantes de esta tertulia, que ha pasado por fases muy distintas: una primera, de tertulia literaria hardcore; una segunda, de tertulia de ciencia ficción; y una tercera, de mezcla ligera de todo lo anterior. Allí estábamos, lectores y amigos de edades muy distintas, visiones del mundo de lo más variadas y gustos culturales que a primera vista parecen incompatibles. La librería Montevideo se acabará, pero la tertulia sigue.

Julio Abelenda empieza una nueva aventura profesional en Lisboa. Le deseo mucha suerte pero, sobre todo, le pido que escriba un blog contando su experiencia. Aparte de librero afinado, es un escritor estupendo. Espero que nos narre como él solo sabe sus epifanías de los domingos y sus ganas de pegarse un tiro de los miércoles. Va a vivir en una de las ciudades más hermosas y más tristes de Europa, lo que solo puede proporcionarle material literario de primera categoría.

Al resto de los tertulianos les pido que continuemos con nuestras costumbres, aunque sea solo una vez al mes. Existe por ahí una novela corta de ciencia ficción que Ángel quiere que leamos y comentemos. Yo me comprometí meses atrás a hacer un monográfico sobre Clark Ashton Smith, poeta simbolista, escritor de fantasía decadente y tipo realmente curioso. Hay amistad y literatura para rato.

A veces tengo la impresión de que la historia de nuestra tertulia es un resumen del paso por la vida de los distintos componentes de la misma. Nos conocimos siendo unos jóvenes románticos y algo ingenuos. La vida real nos dio grandes zarpazos, hiriéndonos. Pero hemos sabido curarnos en su momento y ahí estamos con nuestras cicatrices de paladines o mercenarios, depende del caso, haciendo todos gala de veteranía. Lo realmente trágico en nuestra trayectoria conjunta fue la pérdida de uno de nuestros mejores tertulianos, Quintín. Pero siempre ha estado presente; en esta última reunión José Luis llevaba su bufanda, como muestra de que nunca se irá del todo.

En el universo de los cómics Marvel, los Vengadores tenían un grito que invocaba a toda los componentes del super-grupo: Vengadores, ¡reuníos! Nosotros tenemos uno propio acuñado por el sin par Julio Abelenda: ¡Tertúliense!

Los últimos Jedi o cómo sentirse viejo de una manera muy tontorrona

Soy un fan sin remedio de Star Wars. Mis familiares y amigos lo sufren, unas veces en silencio y otras haciéndomelo saber.

El hecho de que Disney comprase los derechos de la franquicia y se pusiese a vender películas, dibujos animados y muñequitos a cascoporro me pareció la mejor manera de revitalizar la saga y proporcionarme la cantidad de juguetes al año que como buen fan necesito. En ese ardor friki me hice con los tres juegos de rol que hay ahora a la venta y empecé a dirigir una campaña un tanto perversa para mi club de juegos de mesa, en el sentido que le quise dar un tono adulto que los productos oficiales no tienen. Pero esta entrada trata sobre cine, no sobre coleccionismo, así que no voy a seguir desviándome del tema.

En cuanto a las nuevas películas con el sello Disney, fui al estreno de El despertar de la Fuerza (2015) con emoción y Rogue One (2016) me cautivó en el segundo visionado. No obstante, Los últimos Jedi (2017) me ha dejado con un sabor agridulce. Y no debido precisamente a la falta de pericia del director Rian Johnson, pues creo que ha rodado uno de los mejores episodios de la saga. Mis motivos son, de nuevo, sentimentales.

Luke Skywalker siempre fue mi personaje favorito de la saga. El mito de ese niño de un planeta inmundo que terminaba convirtiéndose en el último Caballero Jedi me ha acompañado durante toda la vida. La mayor parte de los chavales de mi generación querían ser Han Solo, pero yo prefería a Luke, vestido como un cura en El retorno del Jedi (1983), haciendo increíbles proezas de la Fuerza y salvando finalmente al monstruo de su padre de su condena espiritual.

Pues bien, en esta última película resulta que Luke ha fracasado por completo como Jedi; ha ayudado a crear al ser más poderoso del Lado Oscuro del momento, su sobrino Kylo Ren; es tal su decepción vital que se ha retirado a una isla en un planeta perdido donde unas monjas alienígenas parecen hasta lavarle la ropa y, lo peor de todo, se ha desconectado de sus responsabilidades hacia el resto de la galaxia.

Todo esto sería un tremendo desatino con respecto al personaje si no fuese porque esta película habla de algo que no nos suele gustar a los fans de Star Wars: dejar morir el pasado y abrirse a lo nuevo.

Cada vez tengo más claro que la nueva trilogía no está hecha para las personas de mi quinta (la desaparecida para los medios Generación X), sino para nuestros hijos. En el nuevo universo de Star Wars, la religión es innecesaria, pues Rey es capaz de ser una Jedi completa sin ningún tipo de formación y, mejor aún, sin adoctrinamiento. El cuidado por las especies alienígenas no inteligentes se convierte en un eco de la lucha de los animalistas en el mundo real. Los personajes realmente importantes son mujeres fuertes que continúan de forma natural e intuitiva el legado de la Orden Jedi o dirigen con pasión y determinación lo que queda de la maltrecha Resistencia. No hay ya espacio para viejas estructuras heteropatriarcales como un Consejo Jedi compuesto casi únicamente por representantes masculinos.

Mi conclusión tras ver Los últimos Jedi es que el mundo de mi infancia se ha acabado para dar el relevo al mundo de la infancia de nuestros hijos y sobrinos, un lugar muy diferente con otras reglas, otra forma de hacer las cosas más igualitaria y otros héroes más diversos en cuanto a orígenes genéricos y étnicos.

En este momento me siento como ese Luke envejecido, el último representante de una religión que nadie recuerda ni necesita, con un cierto sabor a fracaso en la boca, pero dispuesto a echar una mano a la galaxia cuando realmente se me necesite. Si es que eso está realmente por ocurrir. Si no, seguiré bebiendo mi leche verde de león marino interplanetario y trataré de no dar más trabajo de la cuenta a las pobres monjas alienígenas.