Star Trek: La serie original

A principios de enero de 2020, mi novia Estrella y yo nos propusimos vernos Star Trek: La serie original de principio a fin. Por entonces yo era un aficionado menor al universo trekkie: había visto todas las películas y la primera temporada de Star Trek: Discovery. Estrella había visto mucho más que yo y me aseguraba que yo era un trekkie en toda regla, solo que aún no lo sabía.

No nos imaginábamos que al poco tiempo de decidir afrontar nuestro reto televisivo friki, el mundo que conocíamos se iba a convertir en un sitio muy oscuro por culpa de cierto maldito virus. En unos días estábamos confinados en nuestras casas, con bastante susto en el cuerpo, y demasiado tiempo libre para ver televisión, jugar a juegos de mesa o discutir con nuestros amigos por las redes sociales. 

En contraste con lo que estaba pasando en el mundo real, Star Trek: La serie original era la plasmación en imágenes del sueño utópico de los años 60: una humanidad mejor que navega por las estrellas para  trabar amistad con otras especies, explorar y solucionar problemas, no para conquistar ni sacar réditos económicos. La serie me parecía irregular pero llena de encanto. Había episodios como La ciudad al final de la eternidad que eran historias clásicas de ciencia ficción de gran calidad. Jefes de la ciencia ficción como Robert Bloch, Norman Spinrad, Harlan Ellison y Theodore Sturgeon estaban detrás de esos guiones. Otros episodios,  en cambio, como el infame último capítulo, resultaban anacrónicamente machistas o simplemente ridículos. No obstante, Star Trek: La serie original siempre funcionaba como tónico. Ante cada nuevo episodio nos encontrábamos con dos posibilidades: que fuese una buena historia o una auténtica fumada con la que echarse unas risas. 

No voy a hacer una análisis técnico ni erudito sobre Star Trek: La serie original. Hay miles de personas haciéndolo en este momento. Seguro que se les da mejor que a mí y a estas alturas ejercer de geek meritorio me da mucha pereza.

De lo que sí quiero hablar es de Star Trek: La serie original como ritual. Mi pareja y yo hemos adoptado su visionado como ritual irónico, descreído y humorístico con el que combatir la distopía que parece tomar cuerpo ahí fuera. Sentarnos en el sofá bien juntos, compartir una manta para no pasar frío, encender la tele y buscar la serie en Netflix, rompe con la cadena de frialdades, rigores y malas noticias del día. Empieza la entradilla y muchas veces Estrella hace como si tocase los timbales sobre mi panza. Después viene la introducción del capítulo y ya sabemos si vamos a ver buena ciencia ficción o, en cambio, nos vamos a descojonar. Sea como sea nos agarramos de la mano y vamos comentando el capítulo conforme discurre. Estrella suele hacer hincapié en la relación homosexual encubierta entre el capitán Kirk y el Sr. Spock. Yo, normalmente, resalto el lado absurdo, bizarro y extraño de todo lo que estamos viendo. Y una vez acabado el capítulo, nos vamos a la cama indudablemente más felices.

No sé cómo se aproxima otra gente a Star Trek. A nosotros nos está funcionando tanto nuestra manera de hacerlo, que una vez acabada La serie original hemos comenzado con La nueva generación. Llevamos tres episodios y ya promete tanta extrañeza, ridículo y buen rollo como la de los años 60. 

La Feria del Libro de 2021

Tras meses de renuncia a la vida social por culpa de la pandemia, este fin de semana tengo la sensación de que todo empieza a normalizarse poco a poco.

Durante este fin de semana y el próximo se desarrolla la Feria del Libro de Badajoz y dentro de su catálogo de actividades mis amigos de Aristas Produce han creado un espacio multidisciplinar llamado La Tecla Ilustrada con una oferta de propuestas muy sabrosa.

Ayer sábado por la mañana estuve en el taller de relatos que impartía Pablo Mazo, profesor de la Escuela de Escritores y agente cultural a nivel nacional. Me acompañaron dos amigos de nuestra tertulia literaria, la poeta Elisabet Barraya y el bloguero Samuel Grueso. Fue una clase magistral concentrada sobre los fundamentos de la narrativa, adornada de ejemplos que incluían desde la literatura fantástica al realismo sin hacer ascos a nada. Como actividad práctica, escribí el microrrelato que comparto al final de esta entrada.

Tras el taller, improvisamos una tertulia a la que se añadieron los historietistas Fidel Martínez y Alberto Peral.

Ya por la tarde, Pablo Mazo nos dio una conferencia sobre la desventurada biografía de Edgard Allan Poe acompañada de la música jazz de los discos de pizarra de Mareike Philipp. También pudimos probar el brebaje favorito de Poe, el Mint Julep, un cóctel basado en bourbon que pegaba muy fuerte.

A media tarde asistí a una lectura poética de Ben Clark, un poeta exquisito al que intento escuchar siempre que viene a la ciudad. Ben Clark escribe una poesía muy diferente a la mía, de gran calidad estética y sobriedad. Suele leer en sus recitales un poema dedicado a un amigo de infancia, hijo de hippies británicos como él, y que se quitó la vida con veinte años, que me pone los pelos de punta.

Más tarde disfruté de la presentación de la colección de cuentos De puro meteoro del poeta y narrador Antonio Rómar. Antonio se acercó a saludarme afectuoso y, dentro de mi despiste, no fui capaz de recordar cuándo lo había conocido. En la presentación leyó uno de sus poemas y entonces caí en que lo escuché en una Noche en Blanco loquísima de hace unos años. Aquella noche estuvimos juntos un puñado de poetas y amantes de la poesía recorriendo monumentos de Badajoz y leyendo versos desde ellos. Sus poemas me gustaron mucho.

Para acabar la jornada nos fuimos todos juntos a cenar y tuve la suerte de sentarme al lado de Ben Clark. Fue una gozada poder escuchar a este poeta hablar de temas de actualidad del mundo editorial o de sus preocupaciones de cómo hacer llegar la poesía hasta un público joven. Más tarde, comentamos un poco de todo y terminamos riéndonos todos con una anécdota de Cisco Bellabestia sobre Luis Aguilé.

Solo puedo decir que este fin de semana rodeado de poetas, narradores, editores y amigos me ha devuelto a la vida. Espero que sea el comienzo del regreso de la “normalidad normal”.

Microrrelato de la Feria del Libro de 2021:

La visita.

Entrevista en «Dehesa de papel»

Mis amigos de Dehesa de papel me han hecho una entrevista en la que hablamos de poesía, juegos de rol y tertulias literarias entre otros temas. Podéis leerla en el siguiente enlace:

“Los clubes de lectura y las tertulias literarias son necesarios para que la cultura escrita permanezca sana y no se ensimisme.”

Star Wars versus Star Trek

Me gusta pensar que de niño mis padres me regalaron dos tesoros culturales que con el tiempo serían sendos refugios contra las inclemencias y motivos para seguir hacia delante. Mi padre me regaló la poesía, especialmente el gusto por los clásicos de la Generación del 27. Mi madre me regaló la fantasía. Recuerdo ser el niño más feliz del mundo yendo con ella al estreno de Star Wars: El retorno del Jedi. Mi madre me ofreció una mitología, casi una religión, que se situaba en un futuro que a la vez era pasado, donde los héroes viajaban por el espacio o protagonizaban intensas búsquedas espirituales. Una mitología o una religión sin los lastres siniestros de las religiones del mundo real y donde el bien siempre ganaba al mal.

Star Wars fue mi mitología durante toda mi infancia y adolescencia. También mi “lugar feliz” donde retirarme cuando lo de fuera resultaba demasiado hostil para un joven demasiado sensible y demasiado romántico para lo que ya por entonces se estilaba.

Todo el mundo sabe que Star Wars fue comprada hace unos años por Disney y que, desde entonces, la corporación ha intentado sacar todo el provecho posible de la franquicia. Me ilusionó mucho el estreno de la primera película de la nueva trilogía, Star Wars: El despertar de la fuerza. Aproveché y renové todo mi material de rol, preparándome para un futuro brillante para mi mitología… que no llegó. Los ejecutivos de Disney odian el riesgo. En casi todos los productos que han sacado desde entonces repiten una y otra vez los mismos argumentos cambiando la cara y el nombre de los personajes. Exceptúo las series de televisión Rebels, que me pareció brillante, y The Mandalorian, aún en curso y que quizás sea la única vía de salvación digna de la franquicia. Por lo demás, hay un uso de la fórmula mágica una y otra vez hasta el hartazgo. Aunque quizás, lo que más me disgusta es el conservadurismo de estos ejecutivos al decidir mantener esta saga en una visión del mundo correspondiente a finales de los 70s del siglo XX, como si no hubiesen pasado cosas importantes desde entonces.

A Star Trek llegué más tarde, con la primera película de J.J. Abrams, Star Trek: Un nuevo comienzo. Por entonces estaba enganchado a la tele-comedia The Big Bang Theory y me reía mucho con los comentarios ingeniosos del excéntrico Sheldon Cooper sobre el Sr. Spock o las distintas series de la franquicia trekkie. Me parecía una mitología aún lejana, no era la mía. Pero siempre que veía una película (aún no me atrevía con ninguna serie) acababa con una sonrisa enorme en la cara. Star Trek me ofrecía siempre una descarga de buen rollo. Mientras que Star Wars era un cuento de hadas arquetípico con elementos futuristas, “hobbits en el espacio” como decía el escritor J.G. Ballard, Star Trek tenía un elemento de ficción especulativa más fuerte. Sus distintas especies representaban formas de ver el mundo (muy humanas por cierto) que entraban en conflicto continuamente. La galaxia de Star Trek me recordaba mucho al ciclo del Ekumen de la escritora Ursula K. Le Guin, mi referente en ciencia ficción literaria. 

Star Trek: Discovery, una de las series en curso actuales, supuso para mí una renovación de la franquicia. Una serie con sensibilidad actual, con unos efectos especiales a la altura de los tiempos, que además exploraba temas relevantes desde la óptica progresista que siempre ha caracterizado al universo trekkie. Que la protagonista fuese una mujer, además negra, la valiente e inteligente comandante Michael Burnham, apuntaba a una nueva dirección interesante y contemporánea. No obstante, lo que me enterneció definitivamente fue que por fin hubiese una pareja de protagonistas abiertamente gay, el oficial científico Paul Stamets y su novio el doctor Hugh Culber. En la tercera temporada, la nave Discovery se adentra en un futuro regresivo y hostil en el que la Federación ya no existe. Solo quedan “creyentes”, utópicos que sueñan con restablecer un tiempo de paz, justicia, esperanza y ciencia, conceptos encarnados por la Federación. La lectura desde la situación política actual de Estados Unidos y de gran parte del resto del mundo es fácil: Star Trek vuelve hablar del “ahora” desde una óptica progresista a la vez que melancólica.

Star Trek: Picard es otra serie en curso con lecturas políticas similares. Su showrunner es el escritor Michael Chabon, quien ha querido ofrecer una historia de ciencia ficción de calidad que saque de la comodidad al fandom trekkie más conservador (que, por cierto, detesta tanto Discovery como Picard).

Mi impresión es que Star Trek puede seguir hablando del presente y del futuro, incluso a personas adultas, mientras que Star Wars es actualmente un entretenimiento infantil y juvenil al que empiezan a pesarle los años. 

Siempre atesoraré el recuerdo de aquellos visionados mágicos de Star Wars con mi madre, mi hermana y mis primos en los 80s o las partidas fabulosas del juego de rol original junto a mis amigos en los 90s. 

Mientras tanto, miro hacia el futuro con mi novia Estrella, que es otra gran trekkie. Actualmente devoramos Star Trek: La serie original y estamos deseando comenzar Star Trek: La nueva generación. Quizás somos “creyentes” de Discovery. Quizás solo unos frikis sin remedio. El caso es que sabemos que en la tripulación del capitán James T. Kirk nos espera un pijama de nuestra talla. Aunque ya le he dicho a Estrella que si es de color rojo no se nos ocurra cogerlo…

Spinoza

En cada etapa de mi vida me ha acompañado un filósofo o una escuela de pensamiento.

Mi infancia fue decididamente católica, pero en la adolescencia me abrí a otras formas de entender el mundo. Era la época en la que estaba de moda la Nueva Era y la oferta de “experiencias espirituales” era de lo más diversa. Había para todos los gustos y ninguna exigía los rigores de la ortodoxia cristiana.

Ya en la facultad, compartí con mis amigos y compañeros un interés por el humanismo que, en cierto modo, iba a contracorriente de la tendencia posmoderna que empezaba a dominar el mundo académico español.

No obstante, la experiencia que marcó mi primera vida adulta fue formar parte de un grupo que practicaba zazen, la técnica de contemplación de budismo zen. Ahí no solo leí a crípticos maestros zen como Dogen, sino a Ken Wilber, un psicólogo transpersonal fuertemente influido por el neoplatonismo y el budismo.

Por entonces creía que ese iba a ser el marco interpretativo para el resto de mi vida y que envejecería con esos compañeros de viaje. Pero aquella experiencia también llegó a su fin. Descubrimos que el zazen no era para todo el mundo; lejos de darme paz, me confundía. Mantengo una buena amistad con los miembros de aquel grupo, pero abandoné cualquier forma de práctica contemplativa y aparqué la investigación del budismo.

Entonces volví a la filosofía. Y fue cuando me encontré con Baruch Spinoza, un filósofo racionalista del siglo XVII con una visión panenteísta del universo. ¿Qué es el panenteísmo? La idea de que Dios o la Divinidad es inmanente a la vez que trascendente, es decir, que es el mundo manifiesto a la vez que aquello que está más allá de él (lo nouménico, la cosa en sí de Immanuel Kant).

Spinoza fue un librepensador fuertemente criticado por la religión judía de su tiempo, donde se había formado, así como por los cristianos. De hecho, la Iglesia católica no tardó en incluir sus obras en el Index librorum prohibitorum.

¿Por qué levantó tal revuelo un filósofo que en su obra hace referencias una y otra vez a Dios? Porque ponía en tela de juicio el teísmo, la idea de que existe un Dios con características antropomórficas que se revela a la humanidad y que tiene un plan de salvación para la misma. El Dios de Spinoza es la realidad en todo su conjunto, con sus leyes naturales inexorables, carente de voluntad propia y de individualidad. Para Spinoza sólo tiene sentido amar a Dios intelectualmente, comprendiendo los mecanismos de la naturaleza mediante el conocimiento. Comprender el mundo de forma racional es, de este modo, el objetivo más virtuoso de cualquier ser humano. Esta línea de pensamiento se separa de cualquier forma de adoración religiosa y/o espiritual, del dogma y de toda versión de una verdad revelada.

Aparte de entender a Dios desde una perspectiva estrictamente filosófica, Spinoza era un activo promotor de la democracia y de la libertad de conciencia, lo que facilitó a los grupos reaccionarios de su momento la tarea de condenarlo muy activamente.

He de reconocer que leer a Spinoza directamente es un trabajo arduo. Su estilo es frío, sin un ápice de literatura y basado en una cadena interminable de deducciones lógicas, como gustaba en su época. Pero al leerlo, tienes la sensación de que tras esta forma de escribir trasnochada aguarda una interesante verdad (con minúscula) filosófica.

Tengo claro que este no va a ser el último paso en mi búsqueda intelectual, que tras Spinoza vendrán otros autores que me ayudarán a seguir construyendo mi interpretación del mundo. Quizás lo que más me atrae de Spinoza es que no se basa en estados no ordinarios de conciencia para levantar una metafísica muy sólida, perfectamente compatible con la objetividad científica de nuestro tiempo. Spinoza confía exclusivamente en el pensamiento para explicar el universo, la psicología humana, la moral e incluso para mejorar el gobierno de las naciones. Su única fe es la razón, esa facultad casi olvidada en estos tiempos de regresión cultural.

Seguiremos leyendo a los clásicos filosóficos y literarios que, al fin y al cabo, es seguir leyéndonos a todos.

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