Star Wars versus Star Trek

Me gusta pensar que de niño mis padres me regalaron dos tesoros culturales que con el tiempo serían sendos refugios contra las inclemencias y motivos para seguir hacia delante. Mi padre me regaló la poesía, especialmente el gusto por los clásicos de la Generación del 27. Mi madre me regaló la fantasía. Recuerdo ser el niño más feliz del mundo yendo con ella al estreno de Star Wars: El retorno del Jedi. Mi madre me ofreció una mitología, casi una religión, que se situaba en un futuro que a la vez era pasado, donde los héroes viajaban por el espacio o protagonizaban intensas búsquedas espirituales. Una mitología o una religión sin los lastres siniestros de las religiones del mundo real y donde el bien siempre ganaba al mal.

Star Wars fue mi mitología durante toda mi infancia y adolescencia. También mi “lugar feliz” donde retirarme cuando lo de fuera resultaba demasiado hostil para un joven demasiado sensible y demasiado romántico para lo que ya por entonces se estilaba.

Todo el mundo sabe que Star Wars fue comprada hace unos años por Disney y que, desde entonces, la corporación ha intentado sacar todo el provecho posible de la franquicia. Me ilusionó mucho el estreno de la primera película de la nueva trilogía, Star Wars: El despertar de la fuerza. Aproveché y renové todo mi material de rol, preparándome para un futuro brillante para mi mitología… que no llegó. Los ejecutivos de Disney odian el riesgo. En casi todos los productos que han sacado desde entonces repiten una y otra vez los mismos argumentos cambiando la cara y el nombre de los personajes. Exceptúo las series de televisión Rebels, que me pareció brillante, y The Mandalorian, aún en curso y que quizás sea la única vía de salvación digna de la franquicia. Por lo demás, hay un uso de la fórmula mágica una y otra vez hasta el hartazgo. Aunque quizás, lo que más me disgusta es el conservadurismo de estos ejecutivos al decidir mantener esta saga en una visión del mundo correspondiente a finales de los 70s del siglo XX, como si no hubiesen pasado cosas importantes desde entonces.

A Star Trek llegué más tarde, con la primera película de J.J. Abrams, Star Trek: Un nuevo comienzo. Por entonces estaba enganchado a la tele-comedia The Big Bang Theory y me reía mucho con los comentarios ingeniosos del excéntrico Sheldon Cooper sobre el Sr. Spock o las distintas series de la franquicia trekkie. Me parecía una mitología aún lejana, no era la mía. Pero siempre que veía una película (aún no me atrevía con ninguna serie) acababa con una sonrisa enorme en la cara. Star Trek me ofrecía siempre una descarga de buen rollo. Mientras que Star Wars era un cuento de hadas arquetípico con elementos futuristas, “hobbits en el espacio” como decía el escritor J.G. Ballard, Star Trek tenía un elemento de ficción especulativa más fuerte. Sus distintas especies representaban formas de ver el mundo (muy humanas por cierto) que entraban en conflicto continuamente. La galaxia de Star Trek me recordaba mucho al ciclo del Ekumen de la escritora Ursula K. Le Guin, mi referente en ciencia ficción literaria. 

Star Trek: Discovery, una de las series en curso actuales, supuso para mí una renovación de la franquicia. Una serie con sensibilidad actual, con unos efectos especiales a la altura de los tiempos, que además exploraba temas relevantes desde la óptica progresista que siempre ha caracterizado al universo trekkie. Que la protagonista fuese una mujer, además negra, la valiente e inteligente comandante Michael Burnham, apuntaba a una nueva dirección interesante y contemporánea. No obstante, lo que me enterneció definitivamente fue que por fin hubiese una pareja de protagonistas abiertamente gay, el oficial científico Paul Stamets y su novio el doctor Hugh Culber. En la tercera temporada, la nave Discovery se adentra en un futuro regresivo y hostil en el que la Federación ya no existe. Solo quedan “creyentes”, utópicos que sueñan con restablecer un tiempo de paz, justicia, esperanza y ciencia, conceptos encarnados por la Federación. La lectura desde la situación política actual de Estados Unidos y de gran parte del resto del mundo es fácil: Star Trek vuelve hablar del “ahora” desde una óptica progresista a la vez que melancólica.

Star Trek: Picard es otra serie en curso con lecturas políticas similares. Su showrunner es el escritor Michael Chabon, quien ha querido ofrecer una historia de ciencia ficción de calidad que saque de la comodidad al fandom trekkie más conservador (que, por cierto, detesta tanto Discovery como Picard).

Mi impresión es que Star Trek puede seguir hablando del presente y del futuro, incluso a personas adultas, mientras que Star Wars es actualmente un entretenimiento infantil y juvenil al que empiezan a pesarle los años. 

Siempre atesoraré el recuerdo de aquellos visionados mágicos de Star Wars con mi madre, mi hermana y mis primos en los 80s o las partidas fabulosas del juego de rol original junto a mis amigos en los 90s. 

Mientras tanto, miro hacia el futuro con mi novia Estrella, que es otra gran trekkie. Actualmente devoramos Star Trek: La serie original y estamos deseando comenzar Star Trek: La nueva generación. Quizás somos “creyentes” de Discovery. Quizás solo unos frikis sin remedio. El caso es que sabemos que en la tripulación del capitán James T. Kirk nos espera un pijama de nuestra talla. Aunque ya le he dicho a Estrella que si es de color rojo no se nos ocurra cogerlo…

Star Wars Rebels: Temporada 4

Anoche hice algo poco común: terminé una serie de televisión. Sí, así como lo escribo. Terminé una serie que he seguido desde el primer capítulo hasta el último, definitivamente el último, en su cuarta y ultimísima temporada.

No tiene mucho mérito, ya que es una serie de dibujos animados de la Malvada Corporación Disney. Ójala hubiese sido la sesuda Breaking Bad o la elegante Mad Men, incluso la obligatoria a la par que deprimente The Handmaid’s Tale. Pero no, a estas alturas cotizo poco en el mercado de referencias intelectuales. He disfrutado como un chaval viendo el desenlace de Star Wars Rebels.

Desde que la Malvada Corporación Disney se hizo con la franquicia galáctica ha pasado de todo. No voy a hacer una reflexión al respecto, excepto señalar que la mayor parte de la gente ajena al fandom está saturada de este universo ficticio y que si la cosa sigue así, los ejecutivos disneisianos van a conseguir que esta lejana galaxia implosione. Creo que muchos haters pagarían por verlo.

Me atrevo a decir que Star Wars Rebels es el mejor producto audiovisual de la etapa Disney de la franquicia galáctica. Simplemente por un motivo: porque conserva intacta toda la magia que tenían las películas originales, como si no se hubieran sumado capas y capas de historias innecesarias a la idea de partida.

En muchas ocasiones pienso en cómo introducir a mis sobrinas Amelia y Berta en esta mitología. Me sigue pareciendo que la mejor forma es ponerles la trilogía original, aunque para unas niñas del siglo XXI quizás resulte cine muy antiguo, con unos efectos especiales rancios. Las precuelas que hizo George Lucas son para seguidores hardcore, con demasiada política y muy poco cine. Considero que la nueva trilogía, estando diseñada para la generación de nuestros hijos, es directamente una porquería: una mala copia de las películas clásicas y sin gracia.

Creo que Star Wars Rebels tiene todo lo que a un niño le puede entusiasmar: héroes carismáticos, villanos estupendos, una aspecto visual sobresaliente y mucho sentido de la maravilla. Te puedes enamorar de guerreras valientes como la mandaloriana Sabine Wren, de estudiantes de la Fuerza dubitativos como Ezra Bridger o de alienígenas forzudos como Garazeb “Zeb” Orrelios. También puedes temblar de miedo con el siniestro Gran Inquisidor o rendirte ante la maldad con estilo del Gran Almirante Thrawn. Hay héroes y villanos para todos los gustos.

Para los que llevamos más tiempo en esto (¡ejem!, toda la vida…) Star Wars Rebels profundiza en los secretos de la galaxia, presentando nuevos mundos, personajes atractivos y, sobre todo en la última temporada, aspectos de la Fuerza nunca antes mostrados. Solo por permitirnos ver los secretos que guarda un templo jedi en su interior, los brillantes guionistas de la serie se han ganado un trocito de mi corazón.

Más información: https://es.wikipedia.org/wiki/Star_Wars_Rebels

Black Mirror. Temporada 4

La serie de televisión Black Mirror parte de una idea: las tecnologías de la información, creadas para hacer el mundo más cómodo, pueden terminar siendo el vehículo definitivo para expresar nuestros impulsos más oscuros.

Las dos primeras temporadas nos ofrecieron tres capítulos autoconclusivos con guiones que planteaban conceptos de ciencia ficción situados en un futuro próximo. Eran bastante afinados en su crítica de la deriva que estamos tomando como civilización. Posteriormente, el especial de Navidad de la segunda temporada siguió este impulso. Este tono de denuncia inteligente se suavizó, desde mi punto de vista, en la tercera temporada. Aparte de ampliarse en cuanto al número de capítulos, parecía que hacía un viraje hacia el entretenimiento, desprendiéndose de lastre crítico. Hasta había un episodio con un final relativamente feliz; al terminar de ver San Junipero, los espectadores nos quedábamos con ganas de vivir en esa simulación de la eternidad basada en lo mejor de la cultura popular de los años 80.

Esta cuarta temporada me ha parecido la menos incisiva de todas. Me da la impresión de que la serie se encamina cada vez más hacia el territorio de los shows clásicos que la inspiraron: The Twilight Zone y Tales of the Unexpected. Los capítulos de esta temporada son historias de ciencia ficción bien construidas, ácidas e impactantes, pero en muchas ocasiones muestran un elemento de sadismo que parece más dirigido a satisfacer el morbo que a sostener un buen argumento. Crocodile, por ejemplo, resulta una historia de asesinos en serie directamente innecesaria.

De los seis capítulos de esta entrega, considero que mantienen la línea de las dos primeras temporadas solo tres: USS Callister, Hang the DJ y Black Museum.

USS Callister es el capítulo más brillante a todos los niveles de la temporada. Mi amiga Estrella, tras verlo, lo calificó como “una deconstrucción de Star Trek”. Y comparto su opinión. Este capítulo coge el universo de la Federación Unida de Planetas y saca a la luz lo que los aficionados no solemos ver en él: estética de cartón piedra, valores un tanto pasados de moda, puritanismo sexual e incluso racismo a la hora de presentar a otras especies inteligentes. Pero USS Callister no se conforma con eso y ahonda en la personalidad de muchos trekkies (que bien podrían ser fans de Star Wars o de El Señor de los Anillos): vidas alienantes, dificultades de relación con los demás (especialmente con el sexo puesto) y mundos interiores tormentosos muy divergentes de los principios que aseguran seguir. USS Callister es un bofetón en la cara a los aficionados de las franquicias fantásticas “blancas”; en el universo de Black Mirror hay poco blanco, una amplia escala de grises y, sobre todo, negro absoluto.

Hang the DJ tiene un planteamiento interesante lastrado por un final un poco decepcionante. Este episodio critica a través de una metáfora muy conseguida el periplo de quienes buscan una relación estable y duradera en la actualidad. A través de un sistema un tanto perverso, los protagonistas van de una relación en otra, probando, sintiéndose cada vez más vacíos y estúpidos. Siempre bajo las órdenes de una fría app que asegura que todo el proceso, incluso en sus momentos más absurdos, tiene un sentido. Son muy afinados esos momentos en los que el chico protagonista tienen sexo con una mujer con la que no poseen ninguna compatibilidad o cuando la chica protagonista encuentra el “pero” del que parece el hombre perfecto, un defecto que le resulta tan insoportable que le hace pensar una y otra vez en aquella primera cita ilusionante que tuvo con el chico protagonista, mucho menos perfecto.

Black Museum cierra la temporada con una historia convicente y bien interpretada, quizás con un exceso de negrura y violencia. Este capítulo podría haber formado parte de cualquiera de las series clásicas de las que bebe Black Mirror. En él se mezcla la especulación tecnológica con el terror, todo narrado y protagonizado por un personaje cada vez más inquietante conforme avanza la trama. Hay que destacar que aparecen elementos de episodios anteriores, lo que sostendría la teoría de muchos seguidores de que la serie traza una cronología ficticia de la especie humana desde el presente hasta su fin, representado por el apocalíptico Metalhead, también estrenado en esta temporada.

Mi compañero de piso piensa que cada episodio de Black Mirror de las dos primeras temporadas generaba debate entre sus seguidores y ahora son solo un entretenimiento para pasar el rato. No estoy muy seguro de que la serie haya llegado a ese punto, pero espero que en las próximas entregas nos ofrezcan algo con más fuerza, aunque haya que recurrir al modelo original de tres capítulos por temporada.