La muerte en Valdepasillas

Le desagradaba tener que compartir banco. Prefería la soledad junto a su cuaderno, justamente en frente del local donde en tiempos estuvo la librería Cortázar & Company. Un pub infame ocupaba aquel espacio para él sagrado; otro signo más de que el tiempo de las palabras había pasado.

—¿Me puedo sentar junto a usted? —le preguntó un hombre de piel morena, vestido con un traje de ejecutivo.

—Agradezco la soledad cuando escribo —respondió él, volviendo a centrar la atención en su libreta Moleskine.

—Tengo que informarle de que esta va a ser su última conversación en este mundo.

La amenaza sacó al escritor de su ensimismamiento. Enojado, lanzó una mirada de desaprobación a su interlocutor. Entonces comprendió.

—Veo que ya sabe quién soy.

—¿Vienes a por mí tan pronto?

—Mírese. No se ha cuidado mucho.

Era verdad, al escritor le costaba incluso andar. Por eso ya solo paseaba por un radio de 500 metros alrededor de su casa. El tabaquismo y una alimentación caprichosa habían hecho mella en su salud de forma irreversible.

—¿Qué tiene que decir antes de que partamos? —preguntó el hombre de negro.

—No tengo nada que decirte ni a ti ni a tu jefe. Pero sí que me queda algo por hacer, antes de esta obligatoria “marcha”.

Con un temblor en las manos, el escritor agarró su pluma y garabateó en su cuaderno:

Aquellos días de la juventud

cuando la luz acompañaba.

Aquellos amigos y su entusiasmo…

La estilográfica cayó al suelo.

Fecha: Abril 2019

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