Los amantes del Puente de los Reyes

Llevaba diez días muerto, pero aún seguía queriéndola. Cada mañana escuchaba las palabras de ella, siempre diáfanas, como si el pesar no hiciese mella. Unas veces eran narraciones de asuntos cotidianos, ya fueran las historias que le contaban los clientes en el puesto del mercado o los pequeños asuntos familiares que continuaban su curso. En otras ocasiones eran rezos a la diosa Helili, quien bendijo una vez su matrimonio y a quien ambos se habían encomendado siendo muy niños. Sin embargo, la mayor alegría del fallecido se producía cuando ella le recordaba lo sucedido una tarde al final de la última primavera, pocas semanas antes de su boda. Habían salido a pasear al atardecer y el camino los llevó hasta el viaducto que separa los distritos del Mercado y el Cementerio. El cielo estaba bañado en una suavidad púrpura y el sol se iba aproximando lentamente en su caída a la colina verde donde se alza el camposanto. Antes de que terminase de sumergirse bajo tierra, él rompió su silencio:

—Necesito que me prometas que cuando esté entre los muertos, al otro lado de este puente, no me dejarás solo.

Ella no tardó en contestarle:

—Si descansas bajo ese cerro antes que yo, no pasará ni un solo día sin que te hable como lo estoy haciendo ahora mismo.

Por un instante, las estatuas de los viejos reyes de Loja, aprisionadas en sus cuerpos de metal, parecieron tomar vida, despegando sus párpados para observar a los dos amantes. El río Edre se revolvió generando un torbellino de agua y espuma, y extendió su brazo de cieno sin llegar a rozarlos. Habían hecho una promesa ante los dioses.

Pasaron otros diez días de la defunción y el otoño se marchó con ellos. Aunque a esas alturas del año era difícil encontrar rosas en el mercado de Loja, el aroma de estas flores atenuaba todas las mañanas el dolor del muerto. Posiblemente eran rosas llegadas de allende el mar, de los jardines de Bohovassa, donde los magos educados en las sabiduría de los dragones hacen crecer las flores más hermosas del mundo sin tener en cuenta las estaciones. Él no envidiaba a estos hombres, ni sus exóticos vergeles, sino a las mismas rosas que rozaban la piel de su esposa.

La tierra que le rodeaba iba congelándose, y de vez en cuando surgía un destello de luz de entre las tinieblas, reclamándolo para que abandonase el mundo de los vivos y aceptase su descanso definitivo en el paraíso Naán. Él se resistía. En verdad poco le importaba permanecer prisionero en un cuerpo corrupto, rodeado de angustiosas paredes de madera. Las palabras de su esposa le parecían más cargadas de belleza y de verdad que las lánguidas canciones que cualquier coro de ángeles pudiese cantar.

En algunas ocasiones parecía que el ánimo de ella empezaba a debilitarse. La mañana calurosa en que se cumplía el primer aniversario de la boda, ella se presentó a su cita sin su ramo de flores habitual. Sus palabras dulces fueron sustituidas por un quejido amargo, acompañado de llantos y sollozos. No permaneció de rodillas frente a la tumba, sino que se tendió sobre la tierra, intentando calentar con su cuerpo el del hombre que allí yacía. Un ardor que parecía estar alimentado de la sustancia misma del infierno se apoderó de él. Sin previo aviso, los pétalos marchitos de las rosas depositadas frente a la lápida se animaron en un torbellino que sacó bruscamente a la esposa de su trance. El pequeño huracán mortecino la agredió una y otra vez, manoseándole la piel con sus helados dedos púrpura. Horrorizada, echó a correr hasta alejarse del cementerio. Una vez en casa, llegó a la conclusión que lo sucedido era el resultado de verter su anhelo en un lugar donde solo debe haber paz y descanso. El esposo tardó en calmarse, pero cuando lo hizo se sintió profundamente avergonzado. Temió estar convirtiéndose en una de esas desagradables apariciones que atormentan por las noches a los mortales y se prometió a sí mismo no dejarse arrastrar por su deseo.

Aunque las siguientes visitas se caracterizaron por el recato, para cuando llegó el verano ambos se habían olvidado del incidente. El sol esplendoroso, que al atardecer se internaba bajo tierra para calentar las noches de las quienes allí habitan, se convirtió en un frecuente contertulio del difunto. Le solía recordar que en el otro mundo hay un sol suave al que puedes mirar directo sin temor a enceguecer. Hablaba de la arena de oro de las playas del Naán, bañadas por su mar tibio. Poco a poco, las palabras del sol iban despertando en el muerto un cierto interés por conocer aquel sitio al que la luz lo llevaría si dejaba de presentar resistencia. No obstante, también se empapaba de los detalles sobre el negocio de mercancías exóticas que la esposa había empezado a regentar, un sueño que ambos compartieron durante su noviazgo. Aunque no pudiese pronunciarse sobre si era más conveniente importar plumas de grifo de Valarcha o trenzas de pelo de blavasu salvaje, sabía que si ella se sentía acompañada llevaría a buen puerto su aventura comercial. La posibilidad de verla feliz y próspera aplazó de nuevo cualquier partida.

Así pasó todo un año, y regresó de nuevo el otoño. El calor subterráneo del henchido sol nocturno dio paso a la humedad permanente de la estación de las lluvias. Se acercaba el aniversario del fallecimiento, y el muerto contaba cada hora como un niño que espera impaciente a su cumpleaños. Deseaba un regalo especial, sin saber formular exactamente en qué podría concretarse.

El abrazo del agua otoñal fue la única compañía del difunto durante aquel día señalado. No tuvo humo de incienso, ni aroma de flores, ni cánticos a la diosa de la misericordia, ni tan si quiera las reconfortantes y sencillas palabras de la esposa. La frialdad líquida del cielo, empapando hasta el último rincón de la tierra, parecía susurrarle que su recuerdo había sido definitivamente arrasado, quedando relegado al olvido de las profundidades.

Prefería decirse a sí mismo que aquel desplante se trataba de un hecho puntual, que la ausencia de su amada se debía a un catarro o a un viaje relacionado con su nueva empresa. Cada mañana esperaba aquellas palabras familiares que desdijesen a la lluvia impertinente, una explicación del abandono momentáneo, el reencuentro con el candor. Pero la señal redentora no llegó nunca. El único aroma de flores que le rondaba era el de otras tumbas. Los rezos que escuchaba estaban casi siempre dedicados a dioses extraños. La voz de ella se convirtió en un recuerdo tan ardiente como doloroso, en un débil hilo de sombras que lo mantenía amarrado a la tierra, incapaz de aguantar ya la tensión a la que lo sometía la luz.

Una mañana de invierno, cuando había perdido ya toda esperanza en lo vivo, cedió ante el reclamo del descanso eterno. El fulgor volvió a llamarlo, tendiendo su abrazo blanco, y ésta vez su espíritu se dejó arrastrar. Al final del tránsito luminoso se encontró a sí mismo junto a la orilla de un mar desconocido. Había recuperado su cuerpo, que presentaba la misma lozanía que el día anterior a su muerte. Miró al cielo y vio un astro tímido coronando el espacio azul. La estrella calentaba pero no dañaba, tal como le contó el sol de verano. Bajó de nuevo sus ojos y observó a su alrededor. El oro de la playa parecía extenderse infinitamente. Una brisa tibia acariciaba su piel y el rumor del oleaje parecía una tranquila canción infantil. Aquel mar tenía una pureza maternal que habría hecho rendirse a cualquier otro muerto. Pero él no deseaba tal paraíso para sí. La herida producida por el abandono continuaba abierta.

Alguien más acompañaba al fallecido en sus meditaciones. Era una figura humana de rasgos estilizados y alas emplumadas, vestida con una túnica blanca. Permanecía hierática a muchos metros de él, observando cada uno de sus movimientos. El muerto intentó obviarla, disimulando como si no la hubiera visto. El ser angelical rompió su quietud para ascender al cielo y tomó tierra después frente al difunto. Sin mediar palabra, tendió su mano delicada hacia el difunto. Éste titubeó unos minutos, indeciso ante la proposición. Falto de cualquier entusiasmo, terminó por aceptar el auxilio del espíritu.

En menos de un pestañeo, ambos sobrevolaban los territorios del Naán. Dejaron atrás la playa, para cruzar un bosque de árboles que caminaban, una cordillera salpicada de pequeños castillos flotantes y un extenso desierto azul cuyas dunas susurraban. Finalmente llegaron a una ciudad de calles zigzagueantes y grandes jardines. En el centro de la misma se erguía la construcción más hermosa que el muerto había visto jamás. Este palacio de mármol níveo estaba coronado por cientos de torres y chapiteles de formas bulbosas y traslúcidas. En la más alta de las torres sobresalía una esfera de cristal rosado, cuyo interior emanaba una luz blanca que parecía bañar cada rincón de la ciudad.

El difunto se sintió defraudado cuando dejaron atrás el maravilloso alcázar. Siguieron los meandros interminables de la ciudad hasta llegar a un arrabal de calles en cuesta adornadas con vívidas flores de colores. El ángel aterrizó frente de una casita blanca indistinguible de sus aledañas. Cruzó la puerta de entrada, que estaba abierta de par en par, seguido del muerto. Había rosas de todos los tamaños, formas y colores posibles ocupando las habitaciones del inmueble. El dulzor del aire reconfortó de inmediato el ánimo maltrecho del fallecido. Mientras recorrían un pasillo estrecho, una voz femenina se dirigió a los dos visitantes:

—¿Venís a por rosas? Ahora mismo salgo a recibiros.

El muerto se quedó inmovilizado. El corazón empezó a bombearle con tal velocidad que la sangre parecía paralizar con su ímpetu cada extremidad del cuerpo recién recuperado. Conocía aquella voz, pues le acompañó durante los mejores días de su vida y pobló también sus sueños desesperados. La esposa surgió del extremo opuesto del pasillo, joven y vivaracha, con un ramo de rosas blancas entre las manos. Cuando reparó en su inesperado visitante, dejó caer lo que portaba y corrió a su encuentro. Ambos se unieron en un solo cuerpo formado de besos impacientes, lágrimas saladas, miradas de sorpresa y risas infantiles.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó el fallecido.

—¿Recuerdas la primera mañana que no fui a verte? Llovía con violencia y el río Edre andaba crecido y malhumorado. Mientras cruzaba el Puente de los Reyes en dirección al cementerio, su mano fangosa me agarró por la pierna y me arrastró hasta sumergirme bajo las aguas revueltas. Fue entonces cuando me confesó que te envidiaba desde el día que nos hicimos aquella promesa. Me deseaba para sí, quería que lo amase como a ti, que nunca me fuese de su lado, aunque no había tenido el valor hasta ese momento para hacerme suya. A la vez que me declaraba sus sentimientos, el aire se me escapaba de los pulmones junto a la vida.

El esposo miró a la muerta con ojos plácidos, mientras acariciaba su rostro. Ella desvió la mano y la acercó a su pecho.

—Recuperemos el tiempo perdido —susurró el difunto al oído de la esposa.

—A partir de ahora no hay prisa —respondió ella, acompañando sus palabras de una sonrisa pícara.

Discretamente el ángel se dirigió hacia la puerta de la casa. Su presencia ya no era necesaria. Sabía que los amantes tenían más que suficiente con sus palabras, su calor, su piel y toda la eternidad para disfrutarlas.

Fecha: 2007 | Revisado: Febrero 2019

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