Las dos caras de Philip K. Dick

Philip_K_Dick_CrumbHasta hace unos años Philip K. Dick (Chicago, 1928 – Santa Ana, 1982) era apenas conocido en los círculos de aficionados a la ciencia-ficción y por los amantes de la contracultura norteamercana de los años sesenta. Algunos cinéfilos también lo identificaban como el autor de los textos en los que se inspiraron los directores Ridley Scott y Paul Verhoeven para sus respectivas películas Blade Runner y Desafío Total. Fue durante los años noventa cuando hubo una revalorización de su figura, instalándose en el parnaso alternativo de los autores de culto. En aquella década no era extraño escuchar a escritores de literatura mainstream calificarlo como uno de los autores norteamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. La razón fue posiblemente el auge de la cibercultura, la versión milenarista de la contracultura de los sesenta, que lo situaba como uno de sus precursores. La obsesión phildickiana por el simulacro y las realidades ilusorias conectaba con la sensibilidad virtualista de los jóvenes posmodernos de fin de siglo.

El nuevo siglo ha seguido tratando bien al narrador norteamericano. Este año (por 2007) se celebra el veinticinco aniversario de su muerte. La reedición de sus obras y el rodaje de un biopic protagonizado por la estrella alternativa Paul Giamatti son algunos de los homenajes con motivo de una fecha tan señalada. No obstante, algunos admiradores de su obra notamos que una textura poco phildickiana empieza a invadir todo lo relacionado con este revival. Quizás se trate de un virus mental introducido por los señores del Imperio, para atenuar la verdad que subyace peligrosamente en cada uno de sus libros (esta idea delirante había entusiasmado a Dick, llevándole a escribir doscientas páginas de su Exégesis, el interminable diario-tratado teológico al que dedicó los últimos años de su vida). Resulta bastante más posible que sea el interés económico lo que está transformando esta reivindicación en un negocio que nada tiene que ver con el universo personal del autor.

El principal foco de la transformación de la obra de Dick en algo cómodo, brillante y poco phildickiano ha sido precisamente el cine, el medio que paradójicamente lo sacó del gueto de los fanáticos de la ciencia-ficción. Me atrevería a decir que Blade Runner (Ridley Scott, 1982), libérrima adaptación de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), fue el origen de esta tendencia. Blade Runner se ha convertido en un clásico del cine universal y un referente obligatorio de todo el que reclame una manera adulta de hacer ciencia-ficción. Sin embargo, esta primera versión cinematográfica de una novela de Dick resultaba ya algo distante de las intenciones originales del autor. Ridley Scott, que ante todo es un esteta, quiso presentar un futuro decadente y neorromántico, que se acercaba más a las visiones de los jóvenes escritores del movimiento cyberpunk que a los futuros entrópicos y lo-tech de Dick. Blade Runner resulta un atractivo catálogo de las tendencias estéticas de principios de los años ochenta. Está próximo a los futuros dibujados por Enki Bilal para sus cómics o al apocalipsis underground descrito por William Gibson en su novela Neuromante. Esta es la razón por la que muchos admiradores del filme se sienten decepcionados al leer la obra en la que se inspiró. El Rick Deckard protagonista de la novela de Dick es un funcionario de policía con sencillas aspiraciones sociales, imposible de identificar con el rostro apuesto de Harrison Ford. Los androides del texto son incapaces de articular un discurso poético como el del replicante Roy Batty al final del filme. Son creaciones carentes de empatía, que intentan comportarse de forma humana sin mucho éxito. Y es aquí donde radica la clave de la obra original de Dick, en la especulación sobre lo que diferencia al ser humano de la criatura artificial. Dick, que cuando escribió el libro se había convertido recientemente al catolicismo, da una respuesta extravagante a la pregunta de partida: los androides pueden pasar el test del informático Alan Turing pero carecen de la caridad de la que habla San Pablo en la primera Carta a los Corintios. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se ubica en la línea de los libros de los que se sentía realmente orgulloso el autor, aquellos en los que tras el atrezzo de ciencia-ficción trataba los problemas que realmente le angustiaban, las dudas metafísicas y teológicas que ayudarían con el tiempo a la ruina de su salud mental.

Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990) y Minority Report (Steven Spielberg, 2002) son dos películas basadas en relatos menores del autor, de la época en la que escribía cincuenta páginas diarias de ciencia-ficción bajo los efectos de las anfetaminas. Aunque los directores respetan las líneas básicas de los argumentos, les dan un giro y los convierten en historias de acción que pueden servir de excusa para el uso (y abuso) de las últimas técnicas de efectos especiales. La elección de los actores Arnold Schwarzenegger y Tom Cruise transforma a los protagonistas proletarios de los relatos en héroes aventureros. La acción, que en los relatos originales es casi existente, domina los metrajes. Dick solía rehuir la violencia, y sólo la utilizaba cuando la historia lo exigía, mostrándola de forma realista y cruda. El ejemplo más ilustrativo es cuando Nobosuke Tagomi, uno de los protagonistas de El hombre en el castillo (1962), se ve obligado a matar a unos asesinos nazis para salvar su vida y la de su superior. La descripción de la muerte de los alemanes resulta francamente desagradable. Tras ella, Nobosuke Tagomi se siente turbado, pues sus creencias budistas condenan sin ambigüedades lo que acaba de hacer. Sale a las calles de San Francisco desorientado y termina sufriendo una extraña crisis que bien pudiera confundirse con un brote psicótico. Esta manera de presentar la violencia dista bastante de los alegres tiroteos de ambas películas, donde las estrellas de Hollywood liquidan a sus enemigos como si de un videojuego se tratase. Otro elemento extraño añadido por los directores es el toque hi-tech de las sociedades futuristas que presentan. Resulta especialmente chocante el diseño sofisticado que lucen los aparatos, automóviles y edificios en Minority Report. Parece que Apple se hubiese puesto manos a la obra para que las ciudades del futuro parezcan escaparates repletos de gigantescos y brillantes i-Pods. Como comenté con anterioridad, los futuros descritos por Dick están irremediablemente condenados por la entropía. La tecnología no ha sido capaz de salvar al hombre de su autodestrucción, y siempre parece que está a punto de colapsarse, cuando no retrocede literalmente en el tiempo hasta hacerse inservible, como sucede en Ubik (1969). Aunque ambas películas presentan futuros desasosegantes, con evidentes fracturas sociales, en una existe el refugio en los viajes virtuales por el sistema solar y en otra el visionado de películas tridimensionales protagonizadas por los seres queridos. Dick no confiaba en el placebo de la alta tecnología. Sus personajes se encontraban con importantes dilemas de identidad, con disfunciones de la realidad a la que estaban habituados, y ningún Macintosh podía salvarlos de su descentramiento.

Si hay una película que ha respetado el sabor de la obra de Dick, es la reciente A scanner darkly (Richard Linklater, 2006), basada en la novela homónima. En ella, el director se asoma al futuro de pasado mañana, y lo que encuentra son drogas sofisticadas que minan el sentido de la realidad, policías con vidas dobles e instituciones para la desintoxicación que son, a su vez, el origen de la adicción. La alta tecnología, representada por el traje que mantiene en secreto la identidad de los agentes de narcóticos, es algo burda, incluso chocante para el espectador (nada que ver con los interfaces táctiles que usa Tom Cruise en Minority Report). Los protagonistas, adictos que conviven en condiciones lamentables, están acosados por la paranoia y desconfían incluso de la evidencia de sus sentidos. Siendo una película menor, lejos de la brillantez técnica de Blade Runner, A scanner darkly resulta ser el primer filme fiel a la obra de Dick, donde se pueden reconocer incluso los defectos que planean por toda su creación literaria: su narrativa deslavazada, los momentos poéticos indescifrables y la sensación de que algo no termina de encajar en la historia, de que el autor apunta en una dirección muy ajena al humilde espectador sentado en su sofá frente a una pantalla de plasma.

Philip_K_Dick_Crumb2Donde sí ha habido grandes aciertos ha sido en las películas que, sin basarse directamente en ninguna obra del autor, reflejan claramente su universo personal. Algunos de los mejores filmes del género en los años noventa abordaban la principal duda del escritor norteamericano: ¿Dónde están los límites entre lo real y lo ilusorio? Mencionaré sólo tres películas que deben a Dick algo más de lo que reconocen sus directores: Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), El show de Truman (Peter Weir, 1998) y Matrix (Larry y Andy Wachowski, 1999). En los tres filmes, los protagonistas descubren que algo no funciona correctamente en su entorno y comienzan una odisea que los lleva a descubrir mucho más de lo que habrían deseado en un principio. César, el protagonista de Abre los ojos, termina sabiendo que sufrió un grave accidente y que está criogenizado; su vida actual es un sistema realidad virtual que hace llevadera su espera en el tanque helado. En este caso, Alejandro Amenábar sí ha reconocido la influencia de Dick en la película. Al fin y al cabo, la vida virtual de César es una versión cibernética de la semivida que sufren los personajes de Ubik, sólo que esta vez no hay un espray con propiedades divinas que pueda frenar el caos que lo acosa. El show de Truman es también la versión de los años noventa de la novela Tiempo desarticulado. Los protagonistas de ambas obras viven en un entorno apacible, en una pequeña ciudad norteamericana donde se mantienen los valores tradicionales, hasta que un día empiezan a sospechar que hay algo inauténtico a su alrededor. En los dos casos, sus vidas resultan ser un montaje. Sus familias y vecinos son actores contratados para mantenerlos engañados. Hasta los edificios que los rodean son escenarios creados a propósito. La razón de tal esfuerzo es diferente en la película y la novela. En El show de Truman, el pobre Truman Burbank resulta ser el único protagonista de un cruel reality show. En Tiempo desarticulado, Ragle Gumm es el salvador del mundo, pero una crisis personal ha llevado al gobierno a protegerlo en el único entorno que le impide volverse loco: el mundo de su infancia. Por su parte, Matrix aborda directamente una idea que obsesionó a Dick: el mundo que conocemos es sólo una ilusión y tras ella existe una realidad verdadera a la que sólo unos pocos pueden acceder. Durante sus años de instituto, Dick leyó a Platón, llegando a convertir el Mito de la caverna en el leitmotiv de gran parte de su vida. Su obsesión por hallar la salida de la caverna le llevó a leer de forma compulsiva y poco crítica todo tratado filosófico, teológico o espiritual que pasaba por sus manos. Se comportó como un extravagante gnóstico de la era psicodélica, un místico pop, y bajo el convencimiento de que su potencia intelectual le llevaría a hallar la verdad oculta terminó quemando su cerebro. La lucha desequilibrada entre las poderosas máquinas y una humanidad esclavizada es la realidad secreta en la película de los hermanos Wachowski. Dick prefería verdades más personales, como que el mundo seguía regido por el Imperio Romano y la cristiandad ejercía de resistencia. La “sensibilidad Matrix”, cibernética, virtualista e inflamada de metafísica para todos los públicos, compila las inquietudes de la cultura alternativa de los años noventa y resulta ser el nexo de unión entre los jóvenes que escuchaban a Nine Inch Nails y el universo lisérgico de los autores de la Nueva Ola, comandados por el visionario Dick.

Algunos preferirán la versión ligera de la obra de Dick que ofrecen los directores de Hollywood. El tiempo de la experimentación en la ciencia-ficción parece haber pasado y la mayor parte de sus aficionados actuales serían incapaces de enfrentarse a los textos surrealistas, alucinados o simplemente antipáticos de coetáneos de Dick como Harlan Ellison, Michael Moorcock o el Brian Aldiss. Otros seguimos valorando a aquellos autores que quisieron hacer del género algo más que un entretenimiento para adolescentes inadaptados. Dick siempre deseó ser un autor mainstream y sus inquietudes literarias distaban de las de la mayor parte de los escritores pulp con los que compartió páginas en sus comienzos. No obstante, la originalidad (por decirlo de algún modo) de sus propuestas mainstream le imposibilitó hacer carrera en el mundo literario con mayúsculas. Incapaz de refrenar su pasión por aporrear las máquinas de escribir, hizo de sus cuentos para chicos empollones una apuesta original por la que podían desfilar de igual modo realidades históricas alternativas, crítica social, teología marciana y debates éticos sobre el aborto. A la espera de que alguien coja el relevo de Dick en esta década pusilánime y se atreva de nuevo a romper los moldes del género, seguiremos releyendo al loco norteamericano que quiso transformar las historias de naves espaciales en un lenguaje que desvelase la verdad del mundo.

Fecha: Septiembre 2007 | Revisado: Diciembre 2008
Ilustraciones: Robert Crumb