LA ALBERCA

Recuerdo aquella noche de verano
bañándonos borrachos en la alberca.
El agua estaba fresca y limpia,
nuestros cuerpos, iluminados por la luna,
desde la casa nos llegaba el eco
de un blues turbio de Jim Morrison.

Mientras Paco se quitaba su bañador,
e Inma se reía de una veintena
tan mal llevada,
yo soñaba despierto
con All tomorrow’s parties.
Nos quedaba todo el mañana,
la fiesta sólo había comenzado.
La amistad, el amor, la intensidad
eran eternos como nuestra infancia.

Ahora estoy de nuevo frente al aljibe
que contiene un caldo verdoso y corrompido
y me pregunto si todo fue cierto
o lo imaginé tras leer algún poema
de Gil de Biedma.

La casa resulta ya inhabitable,
comida por la hierba y los insectos.
Paco emigró sin su guitarra,
Inma más que reír, sonríe,
y yo comprendí que todas mis fiestas
pasaron entre planes incumplidos.
El tiempo modeló nuestra mirada
alejando lo inmortal del día a día.

Recuerdo aquella noche de verano,
os recuerdo a todos vosotros,
Lucía, María, Ayuso, Sole,
pero los rostros empiezan a emborronarse.
Antes de que enmudezcan vuestras voces,
de tornaros en galería de fantasmas,
prefiero guardaros jóvenes, imposibles,
entre el blanco y el negro de este papel.

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