HOWTH

A Agustín Lozano de la Cruz

Y allí seguiremos por siempre
junto al islote con faz de felino
de cuya boca emerge un arco iris,
tocados por los dedos de un sol triste,
con un deje a salitre entre los labios
y el pulso frío en las entrañas.

Los inexplicables avatares de Yeats
tutelan la conversación
-cómo un alma tan bella
vistió la camisa fascista-
mientras los pasos nos llevan a un promontorio
donde distinguir los azules del azul.

Allí, en ese momento, nos quedaremos:
el cielo limpio embozándose en sombras,
la cámara plasmando el sentimiento
y la mirada inundada de lo que no cesa.

De repente, cristales de aguanieve
arañan con sus filos los rostros.
La luz da lento paso a la tiniebla.
El aliento del norte, gris y lánguido,
reclama el paisaje de la mañana.
Un pálpito negro, un silencio de trueno
toma cuerpo frente al espectador.

¿Volver?
¿Por qué no desandar los pasos?
A pocos metros nos espera el pub,
su fuego grato, el sabor amable de la pinta.
La civilización requiere a su manada.

Pero hay embrujo en la tormenta
hay una danza de antiguos titanes,
destrucción creadora, sublime informe.
El viento arrecia y la nieve es ya cortina.
Nosotros permanecemos frente a la nada.

Justo entonces, en ese instante: ahí somos.
En el olvido del pasado y del futuro.
En el presente del mundo, en su devastación,
el arte que será cuando no estemos.

¿Es la belleza que nos hace temerarios?
¿O son esos dioses que nos dan a probar
el tentador veneno de su drama?
El aire lucha por robarnos del suelo,
quiere ofrecernos a los hijos de la mar.

Entonces recordamos:
hay compañeros con los que compartir palabras,
alguna amiga que anhela nuestro calor
y versos sueltos por ordenar.

Lentamente retrocedemos.
No es tiempo de bailar la voz de las sirenas.
Quizás mañana.

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