EL CONVENTO

Herido por la luz
el convento vive de noche.
No es difícil asomarse al sueño
desde el privilegio de esta terraza:
el claustro siempre mudo
donde crecen los árboles
floreados en sangre;
paredes de ladrillo y cal
salpicadas de ventanucos
que anhelan inquilinos;
un orden de macetas cuidadas sabiamente,
baldosas virginales,
acogedor olvido;
a veces, una mujer cruza el patio
y nos hace saber que la tiniebla
sigue ardiendo sin crepitar.

Herido por la rapidez
el convento vive sigiloso.
Normalmente los compañeros
apartan sus miradas contrariados.
La escena les evoca
argumentos de cuentos tenebrosos
y viejos lemas de la revolución:
“la religión es el opio del pueblo”.
Entonces, luciérnagas de hachís
se disipan frente a sus labios.

Herido por las horas
el convento vive presente.
Es el hogar de los silencios,
de la vacuidad, el verbo divino
apuntando más allá de la idea,
a ese término ajeno
a los que habitamos la otra orilla
en este lado de la calle
donde sucede el mundo,
donde suceden las formas,
donde sucede el pensamiento
y su dolor,
donde el deseo aguarda.

Herido por la ciencia
el convento vive ignorante.
¿Sabrá de los cuerpos tempranos
que se apoyan ebrios sobre sus muros?
¿O de los espectros que rondan el barrio
buscando edenes venenosos?
¿Sabrá del pecado de los patriarcas?
¿De la anarquía de fin de semana?
¿De las largas horas de estudio?
¿De toda esta pasión latente
oculta tras disfraces de veinte años
con una tristeza en el fondo?

Herido, herido
el convento vive, persiste,
espera que un día cruce de acera
y me rinda ante su cura de paz.
Tal vez cuando la luz me pese
y no haya refugio en los versos
ni deleite en la periferia.
Tal vez en el invierno de esta voz.

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