De sexo, alienígenas y pisos compartidos

El despertador del móvil de Lorena sonó a las ocho de la mañana en la habitación contigua. No me importó despertarme con ella, como venía pasando desde que se instaló dos semanas antes en el espacio destartalado que antes ocupó su amiga Lola. Escuchaba a Lorena moverse en el cuarto, abrir el armarito donde guardaba la ropa, revolver cacharros. Entonces me la imaginaba quitándose la camiseta sexy sin mangas con la que solía acostarse para ponerse el uniforme de trabajo. Pero yo no me movía de la cama. No quería que se notase que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para cruzarme con ella en el pasillo.

Cuando pasó un tiempo razonable, media hora o cuarenta y cinco minutos, me atreví a salir del cuarto. El piso parecía en silencio; todos los compañeros se habían marchado a sus distintos quehaceres laborales o académicos. Caminé por el pasillo en dirección a la cocina, mientras comprobaba que aquellas paredes ya pertenecían a Lorena: el perfume que usaba, con aroma de canela, reptaba a mi lado para atormentarme con su dulzor.

El resto de la mañana transcurrió de la manera mecánica habitual. Desayuné mi Nescafé descafeinado con sacarina pensando en qué hablaría con Lorena cuando regresase a almorzar. Fui a al supermercado y a la vuelta compré un cartón de Fortuna. Me senté frente al portátil para retomar la escritura de mi novela de ciencia ficción y se me ocurrió introducir un personaje nuevo que fuese una actriz de teatro como ella. No importaba que la historia fuese una space opera que giraba en torno a las batallas entre distintas especies inteligentes por el dominio de la galaxia. Habría una actriz que viajaría en un carguero estelar junto a su compañía y que pertenecería a la especie de humanoides más bella a la vez que misteriosa de la Vía Láctea.

A las tres de la tarde los otros compañeros de piso ya habían vuelto y, tras comer, se habían retirado a sus cuartos. Yo hacía tiempo en el salón hasta que Lorena apareciese. Sabía que esa mujer estaba fuera de mi alcance; vivía en otra esfera. Solo con ver sobre el sofá el sombrero cabaretero que utilizaba en sus ensayos, yo empezaba a fantasear irremediablemente con la imagen de su cuerpo perfecto, desnudo, contorneándose.

Entonces se escuchó el ruido de la puerta de la entrada abriéndose. Unos segundos después, Lorena estaba en medio del salón. El uniforme negro hacía justicia a su cuerpo curvilíneo. Una melena rizada y oscura enmarcaba el rostro agitanado. Desde el fondo de sus ojos avellana lanzaba una maldición a quien a esas horas se cruzase por su camino. Los labios carnosos pero fruncidos sellaban el hechizo. Su saludo, un “hola” desapasionado, me situó de nuevo en el mundo. Deseaba pasarme el resto del día charlando con ella. Lorena, en cambio, parecía agotada de trabajar y poco inclinada a entablar conversación con un compañero de piso casi desconocido.

Hice que veía un documental de la 2 mientras ella almorzaba al otro lado de la mesa. Tenía que encontrar un tema que pudiese resultar lo suficientemente atractivo como para despertar su atención. Pensé que hablar sobre mi novela podía ser interesante.

—¿Te he dicho que estoy escribiendo una novela? —dije titubeando.

—No —me respondió ella, mientras terminaba un plato de arroz con tomate.

—Es una historia de ciencia ficción de aventuras. Hay cuatro facciones luchando por el dominio de la galaxia: los elbraahs, hombres-planta inteligentes; la Comunidad Estelar, una alianza política integrada por nueve especies humanoides; el Régimen Urk, algo así como unos nazis del espacio; y la Mente-Máquina, una nación de robots asesinos que quieren acabar con toda la vida biológica. Los protagonistas son un grupo de militares al servicio de la Comunidad Estelar que tienen que solucionar un conflicto en un sistema planetario fronterizo.

—Ah.

—Es un universo ficticio que he creado con base en las teorías sobre evolución de la consciencia de un pensador llamado Ken Wilber. ¿Qué te parece a primera vista?

Ella permaneció en silencio durante un minuto eterno sin levantar la cabeza del plato. Después me dirigió una mirada fulminante.

—Vamos a poner las cosas claras —dijo con un tono de enfado notable—. Llevas merodeando a mi alrededor desde el día que me trasladé a vivir a esta casa. Tú no te das cuenta, pero desde que pusiste tus ojos sobre mí parecías estar diciéndome “quiero tener sexo contigo”. Te acercas a cualquier hora con alguna de tus ideas extrañas y me la sueltas sin contemplaciones, pero no te das cuenta de la energía sexual que transmites. Es muy poderosa.

Yo me quedé helado sin saber qué responder. Era como si hubiese leído mi mente. Lorena me veía como una persona sexuada y eso era una novedad.

—Yo también siento un fuerte deseo hacia ti, pero no voy a tener nada contigo. Somos piezas de distinto mecanismo. Me resultas atractivo sexualmente, pero nunca me voy a enamorar de alguien como tú.

—Pero eso es fantástico. Si los dos nos deseamos, ¿qué problema hay? Podemos vivir una historia interesante —le respondí atropelladamente, entusiasmado.

—¿Me has entendido lo que acabo de decirte? No va a haber sexo entre nosotros. Jamás. Punto.

—Pero…

—¡Tío, déjame en paz de una puñetera vez! Vengo de trabajar toda la mañana, estoy cansada y sólo quiero tener un rato de soledad. ¿Hablas mi idioma?

—Reconsidéralo por favor. Ya ves que soy un buen tipo. Esto no tiene por qué salir mal a la fuerza —le dije intentando parecer convincente.

Ella me dirigió una mirada exterminadora, pero permaneció en silencio. Yo no sabía qué más hacer, así que volví al modo alienígena, me levanté sobre mis tres piernas y caminé torpemente hacia mi hangar espacial.

***

El disco Pablo Honey de Radiohead sonaba muy bajito y por cuarta vez consecutiva en los altavoces de mi portátil. Eran las doce de la noche, y los compañeros se habían ido a acostar. Lorena no había regresado todavía de sus ensayos nocturnos. Yo no era capaz de hacer otra cosa que dar vueltas en la cama y mirar al techo. Tenía que volver a hablar con ella. De pronto oí unos pasos en su habitación. Mi cuerpo tembló y me entró un sudor frío.

Esperé media hora. Después cogí uno de los paquetes del cartón de Fortuna y me dirigí al salón. Lorena estaba sentada en el mismo sitio que a mediodía. Sostenía una copa de vino tinto con la mano derecha. “Hola, Fran”, dijo en un tono menos duro que el de la última conversación. Fui a la cocina y preparé mi sexto Nescafé descafeinado con sacarina de la jornada. Después me senté en una silla del salón y puse la taza caliente sobre la mesa.

—¿Quieres cigarrillos? —le ofrecí.

—Solo uno.

Abrí el paquete de Fortuna y le entregué el cigarrillo. Yo me encendí otro. Bebí un sorbo de café hirviendo y me abrasé la lengua. Ella apuró su copa para inmediatamente servirse una segunda.

—Comprendo que no soy tu tipo. Pero a pesar de todo voy a estar en mi cuarto esperándote. Si no vienes a acostarte conmigo esta noche, no volveré a darte la lata.

Terminé el cigarrillo y el café sin apartar los ojos de ella. Después me marché en silencio.

No estaba nada seguro de que aquello funcionase. Hasta entonces no había tenido temple para este tipo de propuestas. Lorena rechazaría mi invitación y todo seguiría como siempre: ciencia ficción para alienígenas con tres apéndices inferiores, música indie “sincopada” y fantasías eróticas extático-totuosas.

Cuando ya me disponía a acostarme, hundido, deseoso, confuso por lo que había hecho unos minutos antes, sonaron los pasos de Lorena en el pasillo. Por un momento me pareció que pasaba por delante de la puerta de su habitación y se paraba frente a la mía. Mi corazón empezó a bombear a gran velocidad. Si ella llamaba a la puerta en ese momento, el infarto era seguro. Pasaron unos segundos que fueron milenios para mí. De nuevo se oyeron sus pasos alejándose, seguidos de un portazo.

***

Por entonces tenía la costumbre de ser fiel a mi palabra. Lorena había rechazado mi oferta y yo le había asegurado que no la acosaría. Así que contuve esa energía sexual tan poderosa de la que ella hablaba y no me salí ni un ápice de mi condicionamiento psicológico de Alfa Centauri.

No sé si Lorena agradeció mi cambio de actitud: tras la conversación de aquella noche dejó de dirigirme la palabra. Nos cruzábamos por el pasillo y mirábamos al suelo o a las paredes. Intentábamos no coincidir a la hora del desayuno, la comida o la cena. Dejé de ver la televisión, ya que ella pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el salón.

Yo intentaba continuar con la escritura de mi novela, pero Lorena había puesto un candado invisible en mi imaginación: mi historia de aventuras espaciales me parecía ahora poco original, infantil, propia de alguien sin experiencia.

Fue una noche de jueves cuando salí de mi bloqueo literario a la fuerza. Estaba frente al ordenador, intentando retomar la escritura sin éxito. En el cuarto de al lado sonaron pasos, risas, una voz grave de hombre mezclada con la de Lorena. Alguien puso música funky. Me temí lo peor. Me tumbé en mi cama y metí la cabeza bajo la almohada. Cuando me atreví a sacarla de nuevo pude asistir a una letanía de gemidos amortiguados, tanto masculinos como femeninos, procedentes de aquella habitación, acompañados del Sex Machine de James Brown. En un principio me sentí paralizado. Miles de emociones contradictorias dieron al traste con mi precario equilibrio alienígena. No podía dejar de escuchar a los dos amantes, ni de imaginarme que era yo quien estaba allí con ella, haciéndola disfrutar de aquel modo.

Entonces me senté de nuevo frente al ordenador. Seleccioné el documento de mi novela de space opera y lo envié a la papelera. Se me ocurrió un nuevo personaje: un diletante del siglo XXI, un escritorzuelo sin un euro en el bolsillo, improbable cruce entre Isaac Asimov y Charles Bukowski, que vagabundearía de piso compartido en piso compartido, enamorándose, sintiendo, padeciendo, emborrachándose, consiguiendo algún logro literario menor, sin identidad ni metas definidas. Para cuando Lorena alcanzó el orgasmo, tenía perfilado el esquema de lo que podía ser el primer relato de este personaje.

Me fui a la cama contento, a pesar de que la fiesta seguía en la habitación de al lado. Puse música clásica en el MP3 al máximo volumen e intenté conciliar el sueño. Tenía un proyecto distinto en ciernes y la sensación de que estaba naciendo un nuevo yo, una versión de mí mismo que sí podría hablar de tú a tú con un ser como Lorena, procedente de un mundo muy superior o muy inferior, estaba aún por decidir.

Fecha: 2015 | Revisado: Enero 2018

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