Presentación de “Notas para no esconder la luz”

Es difícil escribir sobre un libro de un poeta al que consideras un referente. Aún más si ese libro te ha entusiasmado. Pues este es el caso de Notas para no esconder la luz de mi amigo Faustino Lobato.

Siempre le agradeceré al autor que leyese atentamente mis dos primeros poemarios publicados y que me invitase a formar parte de la Tertulia Literaria Página 72, interrumpida actualmente a causa de la pandemia. Todos esperamos que este mal trago pase pronto y podamos recuperar nuestras reuniones.

Notas para no esconder la luz surge a partir de una experiencia del poeta en un viaje al parque natural de Cabo de Gata. De alguna manera, el autor se encuentra allí con la luz, quizás como no lo había hecho antes. A partir de aquí decide hacer una reflexión sobre la luz en su propio contexto, Badajoz.

El libro está dividido en tres capítulos en los que despliega una reflexión particular sobre lo luminoso a lo largo del día, mañana, mediodía, noche. Hay espacio en cada capítulo para la presencia de su querido Alentejo portugués, lugar donde el autor asegura que la luz se despide de su vista. Como homenaje, el poema inicial de cada capítulo está traducido al portugués. También hay sitio para la metapoesía, la reflexión sobre la poesía dentro del propio poema.

Si me lo permite Faustino, me atrevo a definir este poemario como una mística de lo cotidiano. “Mística” porque el poeta busca la luz mediante la palabra consciente pero también siente y padece el peso de las sombras. Se rebela ante esta oscuridad y vuelve a centrar su mirada en una suerte de meditación lírica constante. Por momentos parece tocar levemente esa claridad anhelada, pero rápidamente se vuelve a escurrir entre sus dedos. “Cotidiana” porque es una mística sin religión, laica y humanista, basada en la experiencia profunda de una vida normal y corriente. Se aprende del libro de Faustino que esa luz nos aguarda en los pequeños gestos del día a día,  en los paisajes de nuestra pequeña ciudad, en los vecinos que nos encontramos en un paseo, en nuestra persona amada. No hay espacio para la grandilocuencia sino solo para la lucidez y el verbo sereno. 

No es fácil descubrir, aunque la busco,

la dulce costumbre de trabajar poesías

donde el solo respirar

se convierte en oración.

Son versos en los que acto estético se transforma en contemplativo, una auténtica colección de haikus alentejanos.

Les invito a la retransmisión a través de Facebook de la lectura de varios fragmentos de este libro espléndido. Tendrá lugar este jueves 26 de noviembre, a las 19:30 horas, desde la Librería Tusitala. La introducirá el librero, escritor y también amigo Agustín Lozano. Después tendremos un pequeño diálogo Faustino y yo para pasar rápidamente al recital.

¡Os esperamos!

Más información:

Notas para no esconder la luz en la web de Faustino Lobato.

Sofía

¿Y si Dios tuviese una faceta femenina?¿Y si el Padre celestial fuese también Madre terrenal? 

Existe una figura sagrada en la tradición esotérica cristiana que es Sofía, el aspecto femenino de Dios. A ella no se llega a través de la teología o la filosofía sino mediante la intuición. Es celestial y trascendente, pero también terrenal e inmanente.

La primera vez que leí sobre Sofía en un contexto cristiano, aunque alternativo, fue en el libro del sacerdote anglicano y druida Shawn Sanford Beck titulado Christian Animism. El autor defendía una forma de cristianismo concienciado con la naturaleza y aseguraba estar inspirado por Sofía. El libro me pareció cálido y hermoso, sentía que hablaba mi lenguaje. Me quedé con la incógnita de qué sería esa Sofía que iluminaba una senda espiritual tan bella.

Investigué en Internet sobre Sofía, comprobando que muchas mujeres y algunos hombres la viven como una presencia real en su día a día. Finalmente, di con un libro publicado por la editorial Kairós en 1999 titulado Sofía: Aspectos de lo divino femenino, escrito por una autora desconocida para mí, Susanne Schaup. El libro estaba amarillento. Parecía que había hecho un viaje desde un pasado lejano para llegar a este presente distópico de 2020.

Al principio no me sentía cómodo con el lenguaje de la autora pues me parecía que defendía una versión del feminismo un tanto trasnochada. Pero seguí leyendo y conforme avanzaba me daba cuenta de que esta autora estaba imbuida por el espíritu sofiánico, hablando desde la intuición. Por un momento me sentí como los protagonistas de The Matrix entendiendo algo de la realidad oculta de esta simulación perversa llamada civilización patriarcal.

Soy un hombre y nunca podré entender completamente las experiencias tanto buenas como malas de una mujer. No podré tampoco percibir la realidad desde una perspectiva estrictamente femenina. Pero sí podré acompañar, ser un aliado de lo femenino. Y, en ese sentido, empiezo entender el sufrimiento, la marginación y el terror impuestos a las mujeres durante siglos de autoritarismo patriarcal.

Sofía existía antes de ser llamada Sofía por los sabios griegos. Era la gran diosa Isis de los egipcios y la Parvati de los hindúes. También fue la Pachamama andina o la Kannon de los budistas japoneses. Pero hay una manifestación de Sofía que me fascina especialmente: Lilith, la diosa de la Antigüedad que se rebela contra el orden patriarcal y es condenada por ello,  convertida por las autoridades eclesiales en una entidad demoníaca. Lilith representa los aspectos ocultos y oscuros, que no malvados, de lo femenino. Está enfadada, y con razón, ante siglos de injusticias hacia las mujeres. El patriarcado la teme y las culturas alternativas la tienen como patrona.

En mi entorno, la manifestación sofiánica más evidente es la Virgen María del catolicismo. Esta santa ha servido como modelo de virtud a generaciones de mujeres españolas, y solo por eso se merece un gran respeto. Otra cosa es que la Iglesia católica haya utilizado su imagen para imponer su agenda de sometimiento ideológico, destacando como única virtud positiva de la mujer la sumisión mariana a la voluntad de Dios. Habría que rehabilitar a María quitándole las capas de caspa sacerdotal que ahora pesan sobre sus hombros.

Sofía es espíritu y cielo, pero también cuerpo y tierra. En ese sentido conecta con la Gaia de la religión neopagana, especialmente en su vertiente wiccana. Las autodenominadas “brujas” del neopaganismo son normalmente mujeres que basan su sabiduría en los viejos caminos de la intuición, no en los libros. Su conexión con el divino femenino es profunda y suele conllevar un respeto grande por la vida en todas sus manifestaciones. Comprenden la sabiduría de la tierra y del cuerpo, con su fluir cíclico, y la honran.

El mundo actual está necesitado de equilibrio entre los polos yin y yang, femenino y masculino, oscuro y luminoso, negativo y positivo. Para llegar a ese equilibrio, hombres y mujeres deberíamos practicar una suerte de alquimia espiritual en la cual hubiese una aceptación y respeto tanto de nuestros aspectos femeninos como masculinos. Creo que esta alquimia es más difícil en  el caso de los hombres, ya que se nos educa para negar cualquier rastro de feminidad y entender el universo desde un frío y mecánico racionalismo. Estamos necesitados de despertar nuestra intuición y reconocer el aspecto yin que siempre habita en nosotros en un grado u otro.

Voy a seguir estudiando a Sofía, ya que esta figura sagrada me reconcilia con la religión cristiana a la vez que me permite establecer un puente con la religión neopagana por la que cada vez siento mayor interés.

Aunque lo más importante que he aprendido de mis investigaciones sobre este tema es que hay que ser sofiánico en el día a día, no solo en la teoría. Honrar lo femenino con cada acto, con cada palabra, con cada comprensión. Ese es un reto importante para un hombre del siglo XXI. Cada pequeña acción en ese sentido es un paso grande en la pacificación de un mundo convulso.

Más información:

Sofía: Aspectos de lo divino femenino. Susanne Schaup. Kairós, 1999.

Humanismo panenteísta revisado

Hace un año publiqué en esta web un pequeño ensayo titulado Humanismo panenteísta en el que presentaba una aproximación a mi marco de referencia filosófico y espiritual.

Me ha parecido oportuno revisarlo y añadir unas líneas más basadas en mis últimas lecturas y experiencias. Aunque lo esencial del texto permanece intacto, creo que esta revisión se ajusta mejor a lo que a día de hoy pienso y siento.

Si tenéis un ratito para leer un ensayo corto pero con contenido filosófico, estaré encantado de compartir este mapa de mi territorio con todos vosotros. Podéis encontrarlo aquí: Humanismo panenteísta (2020).

Retorno a la Tierra Media

La Tierra Media siempre nos está esperando. Los que caímos bajo el hechizo de magia blanca del profesor J.R.R. Tolkien sabemos que tenemos un segundo hogar literario tejido con el hilo de las mejores leyendas del norte de Europa. 

Mi amigo Agustín Lozano, escritor y librero militante, es uno de los mayores expertos sobre Tolkien que conozco en mi entorno. Sus ensayos me han señalado aspectos que no conocía de  la obra del profesor inglés. Sus partidas de rol ambientadas en la Tierra Media siempre han tenido un aroma auténtico a tabaco de pipa hobbit y a otoño en La Comarca. Pero donde más hemos aprendido sobre este mundo fantástico y su autor es en nuestras conversaciones. Emulando los diálogos del mismo profesor con su amigo C.S. Lewis, hemos hablado del significado político, religioso, incluso estético de El Señor de los Anillos, El hobbit y El Silmarillion.

Esta entrada de blog surge a partir de nuestra última conversación sobre el tema, una mañana de sábado soleado en una cafetería junto a la librería Tusitala, que regenta mi amigo. Los dos llevábamos un tiempo preguntándonos qué lecturas de la obra de Tolkien son útiles en un presente distópico y pandémico como el del 2020. Coincidíamos en que el conservadurismo político y la interpretación tradicional de la religión católica de Tolkien en su vida privada están muy lejos de nuestros planteamientos políticos y filosóficos. Pero lo que nos interesaban realmente eran sus textos y en ellos el profesor supera esta estrechez de miras. Coincidimos en tres ejes fundamentales de su obra rescatables para un presente progresista.

  1. La defensa de un progreso alternativo compatible con la ecología.

A Tolkien se le ha acusado muchas veces de defender un sistema de gobierno feudal. No obstante, algunos vemos en sus textos una crítica a una versión de la modernidad industrialista y desconsiderada con el medio ambiente. Tolkien no era un reaccionario que vivía en una cueva, sino un profesor de universidad adaptado al siglo XX. No obstante, vivió los horrores de la Primera Guerra Mundial de primera mano, y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial de segunda. Tenía la intuición clarísima de que el camino emprendido por la modernidad de tratar al hombre y a la naturaleza como máquinas terminaba en los horrores de la Guerras Mundiales. Y no vivió lo suficiente para ver el grado de deterioro medioambiental que sufrimos actualmente.

Si quitamos el envoltorio medievalista de la Tierra Media, nos encontramos con un mundo donde los héroes están conectados con la naturaleza que les rodea y la defienden de aquellos que la instrumentalizan para sus fines egoístas, como los villanos Saruman y Sauron.  

Por otra parte, La Comarca, el territorio tranquilo en el que viven los hobbits, es una democracia. Pero no se rige por un sistema económico capitalista radical y miope como el nuestro en el mundo real, sino por otro cercano a la tierra que trata de respetar el ecosistema. Ambos pensamos que este es el auténtico sistema de gobierno que defendía el autor, uno en el que el progreso de la civilización era compatible con la ecología.

2. La puesta en valor del comunitarismo frente al individualismo.

También se ha acusado al profesor de ser racista. Quienes lo hacen no suelen saber que los jerarcas nazis del mundo real intentaron alistar a Tolkien para su causa y él les respondió con una carta de rechazo abierto a todo lo que ellos pretendían y significaban. En El Señor de los Anillos encontramos más bien una emulación de aquellos textos cristianos medievales que tanto gustaban al profesor en los que las fuerzas espirituales del bien se enfrentaban a las del mal. Orcos y demás razas malignas representan los aspectos menos equilibrados del propio ser humano, la negatividad encarnada.

La apuesta política de Tolkien es sin duda comunitarista. El profesor cree que solo la unión de los distintos pueblos, razas y culturas pude vencer a una amenaza tan grande como el país de Mordor. Por eso presenta a humanos, enanos y elfos, pueblos que se han odiado durante siglos, tendiendo puentes de diálogo y uniéndose en la Compañía del Anillo para vencer al Señor Oscuro. Hay una llamada a la camaradería y al sacrificio individual por un bien comunitario mayor. Es un discurso opuesto al individualismo egoísta que impera en gran parte de nuestra cultura presente.

3. La hibridación de elementos cristianos y paganos en su mitología.

Quizás uno de los puntos más fascinantes de la obra del profesor es cómo supo mezclar de forma armónica elementos del cristianismo y de los paganismos celta y nórdico. Este eclecticismo tan contemporáneo sigue inspirándonos a muchos a día de hoy. En mis investigaciones espirituales he llegado a encontrar una corriente del neopaganismo, llamada cristopaganismo, que combina elementos cristianos y paganos, donde muchos seguidores afirman estar influidos por las obras de J.R.R. Tolkien y de su amigo C.S. Lewis. Al contrario que el segundo, nuestro autor no pretende hacer alegoría sino presentarnos un cuerpo de leyendas nuevo alentado por ambas tradiciones pero independiente. Por eso funciona por igual para cristianos, paganos, ateos y agnósticos.

La obra de Tolkien es un ejemplo en espiritualidad verde hecha literatura. Las hadas, los animales, hasta los árboles tienen voz en este cuerpo de leyendas. Son fuerzas de la naturaleza que apoyan mediante actos decididos a los pueblos humanoides en su lucha contra la negatividad, decantando la balanza a favor del equilibrio. Se podría decir que la obra de Tolkien está impregnada de un saludable animismo cristiano. El autor veía en la naturaleza una expresión viva de lo divino y así lo transmitió a sus lectores. 

Sobra decir que la obra de Tolkien es inmensa. Podríamos escribir muchos libros desgranando sutilezas o iluminando pequeños rincones casi desconocidos pero llenos de significado. No obstante, mi objetivo en esta entrada de blog es señalar tres de las múltiples razones por las que mi amigo y yo creemos que Tolkien debe seguir siendo leído. Esperemos que sea así y que nuestros hijos y sobrinos compartan nuestra pasión a la hora de recorrer la Tierra Media. También que puedan aprender de la sabiduría que el viejo profesor codificó en cada una de sus historias.

Star Wars versus Star Trek

Me gusta pensar que de niño mis padres me regalaron dos tesoros culturales que con el tiempo serían sendos refugios contra las inclemencias y motivos para seguir hacia delante. Mi padre me regaló la poesía, especialmente el gusto por los clásicos de la Generación del 27. Mi madre me regaló la fantasía. Recuerdo ser el niño más feliz del mundo yendo con ella al estreno de Star Wars: El retorno del Jedi. Mi madre me ofreció una mitología, casi una religión, que se situaba en un futuro que a la vez era pasado, donde los héroes viajaban por el espacio o protagonizaban intensas búsquedas espirituales. Una mitología o una religión sin los lastres siniestros de las religiones del mundo real y donde el bien siempre ganaba al mal.

Star Wars fue mi mitología durante toda mi infancia y adolescencia. También mi “lugar feliz” donde retirarme cuando lo de fuera resultaba demasiado hostil para un joven demasiado sensible y demasiado romántico para lo que ya por entonces se estilaba.

Todo el mundo sabe que Star Wars fue comprada hace unos años por Disney y que, desde entonces, la corporación ha intentado sacar todo el provecho posible de la franquicia. Me ilusionó mucho el estreno de la primera película de la nueva trilogía, Star Wars: El despertar de la fuerza. Aproveché y renové todo mi material de rol, preparándome para un futuro brillante para mi mitología… que no llegó. Los ejecutivos de Disney odian el riesgo. En casi todos los productos que han sacado desde entonces repiten una y otra vez los mismos argumentos cambiando la cara y el nombre de los personajes. Exceptúo las series de televisión Rebels, que me pareció brillante, y The Mandalorian, aún en curso y que quizás sea la única vía de salvación digna de la franquicia. Por lo demás, hay un uso de la fórmula mágica una y otra vez hasta el hartazgo. Aunque quizás, lo que más me disgusta es el conservadurismo de estos ejecutivos al decidir mantener esta saga en una visión del mundo correspondiente a finales de los 70s del siglo XX, como si no hubiesen pasado cosas importantes desde entonces.

A Star Trek llegué más tarde, con la primera película de J.J. Abrams, Star Trek: Un nuevo comienzo. Por entonces estaba enganchado a la tele-comedia The Big Bang Theory y me reía mucho con los comentarios ingeniosos del excéntrico Sheldon Cooper sobre el Sr. Spock o las distintas series de la franquicia trekkie. Me parecía una mitología aún lejana, no era la mía. Pero siempre que veía una película (aún no me atrevía con ninguna serie) acababa con una sonrisa enorme en la cara. Star Trek me ofrecía siempre una descarga de buen rollo. Mientras que Star Wars era un cuento de hadas arquetípico con elementos futuristas, “hobbits en el espacio” como decía el escritor J.G. Ballard, Star Trek tenía un elemento de ficción especulativa más fuerte. Sus distintas especies representaban formas de ver el mundo (muy humanas por cierto) que entraban en conflicto continuamente. La galaxia de Star Trek me recordaba mucho al ciclo del Ekumen de la escritora Ursula K. Le Guin, mi referente en ciencia ficción literaria. 

Star Trek: Discovery, una de las series en curso actuales, supuso para mí una renovación de la franquicia. Una serie con sensibilidad actual, con unos efectos especiales a la altura de los tiempos, que además exploraba temas relevantes desde la óptica progresista que siempre ha caracterizado al universo trekkie. Que la protagonista fuese una mujer, además negra, la valiente e inteligente comandante Michael Burnham, apuntaba a una nueva dirección interesante y contemporánea. No obstante, lo que me enterneció definitivamente fue que por fin hubiese una pareja de protagonistas abiertamente gay, el oficial científico Paul Stamets y su novio el doctor Hugh Culber. En la tercera temporada, la nave Discovery se adentra en un futuro regresivo y hostil en el que la Federación ya no existe. Solo quedan “creyentes”, utópicos que sueñan con restablecer un tiempo de paz, justicia, esperanza y ciencia, conceptos encarnados por la Federación. La lectura desde la situación política actual de Estados Unidos y de gran parte del resto del mundo es fácil: Star Trek vuelve hablar del “ahora” desde una óptica progresista a la vez que melancólica.

Star Trek: Picard es otra serie en curso con lecturas políticas similares. Su showrunner es el escritor Michael Chabon, quien ha querido ofrecer una historia de ciencia ficción de calidad que saque de la comodidad al fandom trekkie más conservador (que, por cierto, detesta tanto Discovery como Picard).

Mi impresión es que Star Trek puede seguir hablando del presente y del futuro, incluso a personas adultas, mientras que Star Wars es actualmente un entretenimiento infantil y juvenil al que empiezan a pesarle los años. 

Siempre atesoraré el recuerdo de aquellos visionados mágicos de Star Wars con mi madre, mi hermana y mis primos en los 80s o las partidas fabulosas del juego de rol original junto a mis amigos en los 90s. 

Mientras tanto, miro hacia el futuro con mi novia Estrella, que es otra gran trekkie. Actualmente devoramos Star Trek: La serie original y estamos deseando comenzar Star Trek: La nueva generación. Quizás somos “creyentes” de Discovery. Quizás solo unos frikis sin remedio. El caso es que sabemos que en la tripulación del capitán James T. Kirk nos espera un pijama de nuestra talla. Aunque ya le he dicho a Estrella que si es de color rojo no se nos ocurra cogerlo…