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La forma del agua

Guillermo del Toro nos ha regalado su fábula definitiva. Un canto a la amistad, a la solidaridad entre los desfavorecidos, a la magia y al Cine (con mayúsculas).

En esta historia los protagonistas no son vencedores, sino vencidos. Ambientada en Baltimore a principio de los 60s, las personajes principales son Elisa, una mujer muda pero compasiva que trabaja como limpiadora en un centro de investigación del gobierno; su compañera negra Zelda que sufre el racismo de la época, pero que cuida de Elisa como si de una hija se tratase; Giles, un pintor homosexual vecino y amigo de Elisa; el Dr. Hoffstetler, un científico y espía comunista infiltrado que al final opta por la ética, desobedeciendo a sus superiores del Kremlin; y finalmente la criatura, un ser de leyenda adorado por las tribus del Amazonas, con la capacidad de seccionar manos con sus garras a la vez que curar heridas graves con una sola caricia.

Guillermo del Toro hace toda una declaración política de intenciones sin miedo. En esta película el mal está representado por el coronel Richard Strickland, un “hombre decente americano” que no duda a la hora de asesinar a la tribu que adoraba a la criatura, en extraerla de su hábitat y en intentar viviseccionarla con tal de encontrar alguna posible ventaja en la carrera espacial contra la Unión Soviética. Strickland es la voz del sistema. Tiene la familia perfecta, una esposa florero, el cadillac más caro del mercado y lee libros de pensamiento positivo mientras da muestras continuamente de sus amplios conocimientos bíblicos. Pero en realidad es un hombre aterrorizado de perder su estatus, cruel, violento, racista y propenso a acosar a las mujeres que están por debajo de él en la escala jerárquica.

El argumento de la película es sencillo: Strickland trae a la criatura al centro de investigación, donde la somete a largas sesiones de tortura; con lo que no cuenta es con la casi invisible limpiadora muda Elisa, que va a enamorarse de la criatura y a urdir un plan de rescate que será llevado a cabo por un peligroso “comando”: su otra compañera limpiadora, su amigo gay entrado en años y el espía ruso infiltrado en el centro que opta por ayudarlos a pesar de ponerse al descubierto y de perder el amparo de su auténtica red de apoyo.

Todo esto contado en un escenario cuidado al detalle, con una banda sonora muy acertada de Alexandre Desplat, salpicado de continuos guiños de amor al cine clásico y con unos intérpretes sencillamente excelentes. No es de extrañar que la película recibiese el León de Oro en 2017 y que ahora opte a 13 Oscars.

Pero si por algo me ha entusiasmado esta película es por tres aspectos que no quiero dejar de subrayar.

Primero, es un canto a la solidaridad entre los vencidos de la historia, los perdedores anónimos que jamás saldremos en la portada de ninguna revista. Alrededor de Elisa se forma una pequeña sociedad donde no existe la exclusión, donde la diferencia es bienvenida, hasta el punto que se acoge y se protege a la criatura, pues es vista como una igual.

Segundo, es una buena historia de amor heterodoxo, con dos amantes no son de la misma especie ni siquiera. La química entre Elisa y la criatura me resulta más creíble que la de muchos melodramas ambiciosos con bellos actores.

Tercero, es una crítica al imperialismo y las sociedades capitalistas inmisericordes que van dejando víctimas tanto en los países que esquilman como dentro de sus propias ciudades. Guillermo del Toro denuncia a través de su sensibilidad gótica mezclada con humor lo que ha hecho Occidente, representado por los Estados Unidos en los años 60s, con los habitantes de otras latitudes que no podían defenderse, especialmente en Latinoamérica.

Una película romántica en todos los sentidos de la palabra, que te deja un poso de ternura.

Por favor, no dejéis de verla.

Las tiendas especializadas

Hace muchos años que tengo un sueño recurrente: estoy en una tienda especializada donde parece que puedo encontrar todas la versiones de los cómics, juegos de rol y libros de ficción especulativa que pudiera imaginar. Cada vez que visito ese reino onírico, siento la misma emoción de cuando era un niño y mis padres me llevaban a la juguetería Las Tres Campanas de Badajoz. ¡Hay tantos mundos que navegar, tantas ideas por explorar, tantas pasiones que vivir,  tantos buenos ratos futuros de juego con los amigos!

Volviendo al mundo real, creo que la primera vez que pisé una tienda especializada fue en Madrid, a principio de los 90s. Por entonces padecía una dolencia complicada de tratar y necesitaba ir todos los meses a un especialista de la capital. Era un viaje que no quería hacer, en una situación indeseada para una persona tan joven. Pero mi padre, que siempre ha sido una persona empática y compasiva, me llevaba después de la consulta a una de esas primeras tiendas frikis para aliviar lo desagradable de la situación. Y entonces, el viaje merecía la pena. En aquellas tiendas me recibían los carteles de Star Trek: The Next Generation que en aquel momento me parecía una franquicia muy yanqui a la que no terminaba de pillarle el punto. En el interior del establecimiento podía encontrar cómics Marvel, DC, Vertigo o de Hellboy que todavía no se habían publicado en español. O los últimos módulos en inglés de Advanced Dungeons & Dragons, el juego de rol que dirigía. Como buen adolescente rebelde pero introvertido, estaba pasando mi “etapa gótica”. La ambientación Ravenloft de AD&D, que combinaba fantasía épica con terror gótico, parecía escrita para mí. Sigo teniendo los manuales, que ahora me parecen una reliquia kitsch de esa década mágica; las pocas veces que los ojeo me sonrojo, no sé si de vergüenza ajena o de ternura. A veces me aventuraba a comprar algún manual de rol de editoriales independientes norteamericanas, normalmente impublicables en español, y sorprendía a mis jugadores badajocenses con una nueva ambientación en la que dar rienda suelta a nuestra nerdosa y febril imaginación.

En la última década Internet ha democratizado el acceso a este material, y puedes adquirir lo que quieras en formato PDF por un precio muy razonable. Pero para mí las tiendas especializadas siguen siendo sitios llenos de magia y encanto, puntos de encuentro donde conocer la obra de nuevos autores y diseñadores de juegos o donde echar un rato agradable de charla con otras personas de tu misma tribu subcultural. No soy muy dado a jugar en ellas, ya que prefiero hacerlo en mi casa con mis amigos de siempre. Pero reconozco que en muchas ocasiones también ejercen de centros de reunión social para personas que quizás resultan demasiado extrañas por sus gustos culturales en contextos más convencionales.

Posiblemente, mi tienda especializada favorita es Gigamesh, en Barcelona. Un auténtico paraíso friki donde puedes encontrar desde libros descatalogados de ciencia ficción a las últimas novedades roleras importadas directamente desde yanquilandia. Siempre que voy a Cataluña, hago una parada obligatoria en esta tienda y hago arder un poco la tarjeta de crédito.

Es agradable comprobar que estos establecimientos ya no son únicamente refugios de hombres veinteañeros vestidos de negro con gafas de lentes gruesas, melenas grasientas y cara de no saber lo que significa la palabra “teta”. Creo que desde principio de la década del 2000, la tribu friki abrió sus puertas, y pudieron entrar steampunks, cosplayers y personas de cualquier género y orientación sexual. Ha pasado a la historia la obligatoriedad de cumplir con el voto de castidad heterosexual que parecía ser la norma para formar parte de la Iglesia del Dado Poliédrico. 

Dentro de mi lista de propósitos frikis, aún me quedan unos cuanto ítems por chequear. El principal es el de asistir a alguna convención grande de ciencia ficción, cómics o juegos de rol. Debe ser como ir a una tienda especializada pero reconcentrado. He leído que quienes llevan actualmente los juegos de rol de la línea Mundo de Tinieblas en España quieren hacer algo gordo en Madrid este año. Si es así, no me lo pierdo. Ya informaré debidamente en este blog.

Black Mirror. Temporada 4

La serie de televisión Black Mirror parte de una idea: las tecnologías de la información, creadas para hacer el mundo más cómodo, pueden terminar siendo el vehículo definitivo para expresar nuestros impulsos más oscuros.

Las dos primeras temporadas nos ofrecieron tres capítulos autoconclusivos con guiones que planteaban conceptos de ciencia ficción situados en un futuro próximo. Eran bastante afinados en su crítica de la deriva que estamos tomando como civilización. Posteriormente, el especial de Navidad de la segunda temporada siguió este impulso. Este tono de denuncia inteligente se suavizó, desde mi punto de vista, en la tercera temporada. Aparte de ampliarse en cuanto al número de capítulos, parecía que hacía un viraje hacia el entretenimiento, desprendiéndose de lastre crítico. Hasta había un episodio con un final relativamente feliz; al terminar de ver San Junipero, los espectadores nos quedábamos con ganas de vivir en esa simulación de la eternidad basada en lo mejor de la cultura popular de los años 80.

Esta cuarta temporada me ha parecido la menos incisiva de todas. Me da la impresión de que la serie se encamina cada vez más hacia el territorio de los shows clásicos que la inspiraron: The Twilight Zone y Tales of the Unexpected. Los capítulos de esta temporada son historias de ciencia ficción bien construidas, ácidas e impactantes, pero en muchas ocasiones muestran un elemento de sadismo que parece más dirigido a satisfacer el morbo que a sostener un buen argumento. Crocodile, por ejemplo, resulta una historia de asesinos en serie directamente innecesaria.

De los seis capítulos de esta entrega, considero que mantienen la línea de las dos primeras temporadas solo tres: USS Callister, Hang the DJ y Black Museum.

USS Callister es el capítulo más brillante a todos los niveles de la temporada. Mi amiga Estrella, tras verlo, lo calificó como “una deconstrucción de Star Trek”. Y comparto su opinión. Este capítulo coge el universo de la Federación Unida de Planetas y saca a la luz lo que los aficionados no solemos ver en él: estética de cartón piedra, valores un tanto pasados de moda, puritanismo sexual e incluso racismo a la hora de presentar a otras especies inteligentes. Pero USS Callister no se conforma con eso y ahonda en la personalidad de muchos trekkies (que bien podrían ser fans de Star Wars o de El Señor de los Anillos): vidas alienantes, dificultades de relación con los demás (especialmente con el sexo puesto) y mundos interiores tormentosos muy divergentes de los principios que aseguran seguir. USS Callister es un bofetón en la cara a los aficionados de las franquicias fantásticas “blancas”; en el universo de Black Mirror hay poco blanco, una amplia escala de grises y, sobre todo, negro absoluto.

Hang the DJ tiene un planteamiento interesante lastrado por un final un poco decepcionante. Este episodio critica a través de una metáfora muy conseguida el periplo de quienes buscan una relación estable y duradera en la actualidad. A través de un sistema un tanto perverso, los protagonistas van de una relación en otra, probando, sintiéndose cada vez más vacíos y estúpidos. Siempre bajo las órdenes de una fría app que asegura que todo el proceso, incluso en sus momentos más absurdos, tiene un sentido. Son muy afinados esos momentos en los que el chico protagonista tienen sexo con una mujer con la que no poseen ninguna compatibilidad o cuando la chica protagonista encuentra el “pero” del que parece el hombre perfecto, un defecto que le resulta tan insoportable que le hace pensar una y otra vez en aquella primera cita ilusionante que tuvo con el chico protagonista, mucho menos perfecto.

Black Museum cierra la temporada con una historia convicente y bien interpretada, quizás con un exceso de negrura y violencia. Este capítulo podría haber formado parte de cualquiera de las series clásicas de las que bebe Black Mirror. En él se mezcla la especulación tecnológica con el terror, todo narrado y protagonizado por un personaje cada vez más inquietante conforme avanza la trama. Hay que destacar que aparecen elementos de episodios anteriores, lo que sostendría la teoría de muchos seguidores de que la serie traza una cronología ficticia de la especie humana desde el presente hasta su fin, representado por el apocalíptico Metalhead, también estrenado en esta temporada.

Mi compañero de piso piensa que cada episodio de Black Mirror de las dos primeras temporadas generaba debate entre sus seguidores y ahora son solo un entretenimiento para pasar el rato. No estoy muy seguro de que la serie haya llegado a ese punto, pero espero que en las próximas entregas nos ofrezcan algo con más fuerza, aunque haya que recurrir al modelo original de tres capítulos por temporada.

¡Tertúliense!

Hace dos semanas supe que la librería Montevideo, regentada por mi amigo Julio Abelenda, cerraba sus puertas definitivamente. Mantener una librería es un oficio complicado en esta época donde Amazon y las descargas ilegales hacen una competencia difícil de neutralizar. Además, los hábitos de consumo cultural parecen estar cambiando muy velozmente: el tiempo que antes dedicábamos a leer un libro de relatos o una novela lo ocupamos cada vez con más frecuencia en ver series de televisión o en jugar a videojuegos.

Pero en vez de ponernos a llorar juntos por los tiempos pasados o por nuestra dificultad de adaptarnos a los nuevos, hemos celebrado los tres años de aventura de la librería como buenos hombres del siglo XIX que somos: celebrando el miércoles pasado una última reunión de nuestra tertulia literaria. En esta ocasión convocamos a los amigos que llevamos juntándonos desde el año 2001 y a aquellos nuevos que ha atraído la Montevideo y que ya forman parte del grupo por derecho propio.

La verdad es que este encuentro tuvo poco de literario. Los temas que pasearon fueron principalmente asuntos personales, películas, series de televisión, cómics y alguna referencia a nuestras últimas lecturas de ciencia ficción. Da la impresión que los mismos tertulianos que entramos en el siglo XXI un tanto descolocados nos estamos adaptando la las tendencias culturales contemporáneas.

Lo que resultó realmente hermoso fue el hecho de reunirnos casi todos los integrantes de esta tertulia, que ha pasado por fases muy distintas: una primera, de tertulia literaria hardcore; una segunda, de tertulia de ciencia ficción; y una tercera, de mezcla ligera de todo lo anterior. Allí estábamos, lectores y amigos de edades muy distintas, visiones del mundo de lo más variadas y gustos culturales que a primera vista parecen incompatibles. La librería Montevideo se acabará, pero la tertulia sigue.

Julio Abelenda empieza una nueva aventura profesional en Lisboa. Le deseo mucha suerte pero, sobre todo, le pido que escriba un blog contando su experiencia. Aparte de librero afinado, es un escritor estupendo. Espero que nos narre como él solo sabe sus epifanías de los domingos y sus ganas de pegarse un tiro de los miércoles. Va a vivir en una de las ciudades más hermosas y más tristes de Europa, lo que solo puede proporcionarle material literario de primera categoría.

Al resto de los tertulianos les pido que continuemos con nuestras costumbres, aunque sea solo una vez al mes. Existe por ahí una novela corta de ciencia ficción que Ángel quiere que leamos y comentemos. Yo me comprometí meses atrás a hacer un monográfico sobre Clark Ashton Smith, poeta simbolista, escritor de fantasía decadente y tipo realmente curioso. Hay amistad y literatura para rato.

A veces tengo la impresión de que la historia de nuestra tertulia es un resumen del paso por la vida de los distintos componentes de la misma. Nos conocimos siendo unos jóvenes románticos y algo ingenuos. La vida real nos dio grandes zarpazos, hiriéndonos. Pero hemos sabido curarnos en su momento y ahí estamos con nuestras cicatrices de paladines o mercenarios, depende del caso, haciendo todos gala de veteranía. Lo realmente trágico en nuestra trayectoria conjunta fue la pérdida de uno de nuestros mejores tertulianos, Quintín. Pero siempre ha estado presente; en esta última reunión José Luis llevaba su bufanda, como muestra de que nunca se irá del todo.

En el universo de los cómics Marvel, los Vengadores tenían un grito que invocaba a toda los componentes del super-grupo: Vengadores, ¡reuníos! Nosotros tenemos uno propio acuñado por el sin par Julio Abelenda: ¡Tertúliense!

Ursula

Esta mañana me he levantado con una noticia muy triste. Ursula K. Le Guin, la gran escritora de ciencia ficción, fallecía el lunes a los 88 años en su casa de Portland.

No voy a hacer un repaso por su obra, ya que muchos lo están haciendo en este momento, casi seguro que mejor de lo que yo podría.

Me gustaría expresar mejor lo que Ursula y su obra significan para mí.

En cuanto a escritora, Ursula representaba el humanismo en la literatura de ficción especulativa. Su enfoque de la fantasía y la ciencia ficción siempre se acercó más a la filosofía, la psicología y la sociología que a la ciencia y la tecnología. Soñaba con mundos alternativos en los que los protagonistas, casi siempre dotados de psicologías convincentes y de una gran humanidad, hacían frente a dilemas éticos y filosóficos o  a retos sociológicos. No le interesaba la violencia, y en su saga de fantasía, Terramar, las aventuras eran sobre todo espirituales; rara vez se vertía sangre.

En cuanto a mujer, Ursula fue una persona avanzada que introdujo en el lenguaje más bien machista y conservador de la ciencia ficción dos palabras: feminismo y anarquismo. Fue una abanderada de  ambas filosofías, y desarrolló largamente sus posibilidades teóricas en sus novelas, relatos y discursos. Pero Ursula no era una mujer indignada sino tranquila, en parte porque seguía los principios del taoísmo; gracias a ella tenemos una de las mejores traducciones del Tao Te Ching, el libro principal de esta corriente de sabiduría oriental.

A principio de la década del 2000, cuando yo era todavía joven y me planteaba empezar a escribir, solía hacer listas de cosas: libros por leer, relatos por escribir, revistas a las que mandar mis relatos, etc. Una de estas listas, cómo no, era la de mis autores favoritos de ciencia ficción. Tuvo varias versiones, pero siempre hubo tres autores que no cambiaban y que estaban a la cabeza: Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury y Philip K. Dick. El lunes, mi amiga Ursula dejó este mundo, que viendo su deriva seguro que le resultaba ya muy feo, y entró en un parnaso doble: el de los autores inmortales de la ficción especulativa y el de los grandes autores norteamericanos del siglo XX.

Aunque ya no estés aquí físicamente, te seguiré leyendo, amiga Ursula. Tu narrativa fantástica, literaria a la vez que serena, seguirá siendo un modelo para escritores actuales y por venir. Tu vida, consagrada a poner lo mejor del ser humano en valor, es un ejemplo muy necesario en una época en la que el nihilismo y el hedonismo más estúpido campan a sus anchas.

Siempre te tendré en el corazón, contadora de mitos.