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Reencuentro

Hay ciudades en las que he sido muy feliz, de una forma u otra. Si tuviese que elegir una de ellas, sería Oxford, a la que he viajado solo con personas a las que aprecio especialmente.

Hace ya unos cuantos veranos, tuve el placer de estar allí con mis dos compañeros de facultad, escritores y libreros, Agustín Lozano y Julio Abelenda. Fue un viaje iniciático que lo tres recordamos con especial cariño. Discutimos sobre los mitos de Cthulhu en el jardín botánico. Visitamos la tumba de J.R.R. Tolkien. Compramos recuerdos de la ciudad en la tienda más grande del mundo dedicada enteramente a Alicia en el País de las Maravillas. No podíamos dejar de imaginarnos las aventuras allí vividas por la utópica Hermandad Prerrafaelita, los dandies seguidores de Oscar Wilde, o los proto-frikis cristianos del círculo de C.S. Lewis. Queríamos ser escritores como ellos y no queríamos marcharnos de aquel escenario de ninguna forma.

Pasaron los años y la vida nos fue distanciando. La crisis nos obligó a trabajar en muchas ocasiones en puestos alienantes que nos alejaban por completo de quienes éramos realmente. El amor no nos trató bien; en la época de las apps para ligar, tener un marcado carácter romántico parecía anticuado y rancio, como mucho una rareza de la que disfrutar una sola noche. El sentido del humor se volvió ácido y cada uno buscamos una salida al callejón tapiado que parecía el siglo XXI: el activismo político, el misticismo, la devoción hipertrofiada por el amor romántico o, simplemente, la excentricidad.

Muchas veces soñé con que la fotografía que adjunto pudiese volver a repetirse, pero me parecía casi imposible. No obstante, yo era el único que hacía gala de tener algo de fe en un grupo de ateos convencidos. Colgué esta foto en mi muro de Facebook, con el objetivo secreto de que volviésemos a compartir en algún momento esas sonrisas de absoluta plenitud.

El reencuentro sucedió hace unos meses, después de mucho tiempo sin vernos. Una comida humilde en una hamburguesería y un café con helado de los que tanto le gustan a Julio. Además, disfrutamos de la presencia de alguien que se está convirtiendo por derecho propio en un nuevo integrante del grupo, Samuel Grueso.

Ha sido curioso comprobar cómo cada uno ha tirado por caminos bien distintos, como si el mapa que nos trazamos en la facultad no hubiese sido realmente válido para ninguno de los tres. Al mismo tiempo, los tres estábamos situados en nuestros respectivos territorios, cumpliendo muy poco a poco nuestros sueños.

Pienso ahora en aquel viaje a Oxford y me doy cuenta que no fue en vano. Allí plantamos las semillas de quienes seríamos casi una década después. Solo que cada uno éramos de una especie vegetal bien distinta. Ahora solo espero que algún día podamos repetir este ese viaje, ya como personas “hechas”, para disfrutar de los logros realizados y vislumbrar entre la niebla los diez años siguientes.

Como inauguración de esta nueva etapa de nuestro peculiar grupo literario, me sumo a la iniciativa de Agustín y Samuel de reactivar nuestra actividad bloguera. Espero que nuestras bitácoras sirvan de canales de comunicación, fuentes de ideas, lugares donde celebrar a vida o compartir tristezas sin que duelan tanto.

Me alegro de inaugurar este Concliábulo 2.0. ¡Que dure mucho tiempo!