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Black Mirror. Temporada 4

La serie de televisión Black Mirror parte de una idea: las tecnologías de la información, creadas para hacer el mundo más cómodo, pueden terminar siendo el vehículo definitivo para expresar nuestros impulsos más oscuros.

Las dos primeras temporadas nos ofrecieron tres capítulos autoconclusivos con guiones que planteaban conceptos de ciencia ficción situados en un futuro próximo. Eran bastante afinados en su crítica de la deriva que estamos tomando como civilización. Posteriormente, el especial de Navidad de la segunda temporada siguió este impulso. Este tono de denuncia inteligente se suavizó, desde mi punto de vista, en la tercera temporada. Aparte de ampliarse en cuanto al número de capítulos, parecía que hacía un viraje hacia el entretenimiento, desprendiéndose de lastre crítico. Hasta había un episodio con un final relativamente feliz; al terminar de ver San Junipero, los espectadores nos quedábamos con ganas de vivir en esa simulación de la eternidad basada en lo mejor de la cultura popular de los años 80.

Esta cuarta temporada me ha parecido la menos incisiva de todas. Me da la impresión de que la serie se encamina cada vez más hacia el territorio de los shows clásicos que la inspiraron: The Twilight Zone y Tales of the Unexpected. Los capítulos de esta temporada son historias de ciencia ficción bien construidas, ácidas e impactantes, pero en muchas ocasiones muestran un elemento de sadismo que parece más dirigido a satisfacer el morbo que a sostener un buen argumento. Crocodile, por ejemplo, resulta una historia de asesinos en serie directamente innecesaria.

De los seis capítulos de esta entrega, considero que mantienen la línea de las dos primeras temporadas solo tres: USS Callister, Hang the DJ y Black Museum.

USS Callister es el capítulo más brillante a todos los niveles de la temporada. Mi amiga Estrella, tras verlo, lo calificó como “una deconstrucción de Star Trek”. Y comparto su opinión. Este capítulo coge el universo de la Federación Unida de Planetas y saca a la luz lo que los aficionados no solemos ver en él: estética de cartón piedra, valores un tanto pasados de moda, puritanismo sexual e incluso racismo a la hora de presentar a otras especies inteligentes. Pero USS Callister no se conforma con eso y ahonda en la personalidad de muchos trekkies (que bien podrían ser fans de Star Wars o de El Señor de los Anillos): vidas alienantes, dificultades de relación con los demás (especialmente con el sexo puesto) y mundos interiores tormentosos muy divergentes de los principios que aseguran seguir. USS Callister es un bofetón en la cara a los aficionados de las franquicias fantásticas “blancas”; en el universo de Black Mirror hay poco blanco, una amplia escala de grises y, sobre todo, negro absoluto.

Hang the DJ tiene un planteamiento interesante lastrado por un final un poco decepcionante. Este episodio critica a través de una metáfora muy conseguida el periplo de quienes buscan una relación estable y duradera en la actualidad. A través de un sistema un tanto perverso, los protagonistas van de una relación en otra, probando, sintiéndose cada vez más vacíos y estúpidos. Siempre bajo las órdenes de una fría app que asegura que todo el proceso, incluso en sus momentos más absurdos, tiene un sentido. Son muy afinados esos momentos en los que el chico protagonista tienen sexo con una mujer con la que no poseen ninguna compatibilidad o cuando la chica protagonista encuentra el “pero” del que parece el hombre perfecto, un defecto que le resulta tan insoportable que le hace pensar una y otra vez en aquella primera cita ilusionante que tuvo con el chico protagonista, mucho menos perfecto.

Black Museum cierra la temporada con una historia convicente y bien interpretada, quizás con un exceso de negrura y violencia. Este capítulo podría haber formado parte de cualquiera de las series clásicas de las que bebe Black Mirror. En él se mezcla la especulación tecnológica con el terror, todo narrado y protagonizado por un personaje cada vez más inquietante conforme avanza la trama. Hay que destacar que aparecen elementos de episodios anteriores, lo que sostendría la teoría de muchos seguidores de que la serie traza una cronología ficticia de la especie humana desde el presente hasta su fin, representado por el apocalíptico Metalhead, también estrenado en esta temporada.

Mi compañero de piso piensa que cada episodio de Black Mirror de las dos primeras temporadas generaba debate entre sus seguidores y ahora son solo un entretenimiento para pasar el rato. No estoy muy seguro de que la serie haya llegado a ese punto, pero espero que en las próximas entregas nos ofrezcan algo con más fuerza, aunque haya que recurrir al modelo original de tres capítulos por temporada.

¡Tertúliense!

Hace dos semanas supe que la librería Montevideo, regentada por mi amigo Julio Abelenda, cerraba sus puertas definitivamente. Mantener una librería es un oficio complicado en esta época donde Amazon y las descargas ilegales hacen una competencia difícil de neutralizar. Además, los hábitos de consumo cultural parecen estar cambiando muy velozmente: el tiempo que antes dedicábamos a leer un libro de relatos o una novela lo ocupamos cada vez con más frecuencia en ver series de televisión o en jugar a videojuegos.

Pero en vez de ponernos a llorar juntos por los tiempos pasados o por nuestra dificultad de adaptarnos a los nuevos, hemos celebrado los tres años de aventura de la librería como buenos hombres del siglo XIX que somos: celebrando el miércoles pasado una última reunión de nuestra tertulia literaria. En esta ocasión convocamos a los amigos que llevamos juntándonos desde el año 2001 y a aquellos nuevos que ha atraído la Montevideo y que ya forman parte del grupo por derecho propio.

La verdad es que este encuentro tuvo poco de literario. Los temas que pasearon fueron principalmente asuntos personales, películas, series de televisión, cómics y alguna referencia a nuestras últimas lecturas de ciencia ficción. Da la impresión que los mismos tertulianos que entramos en el siglo XXI un tanto descolocados nos estamos adaptando la las tendencias culturales contemporáneas.

Lo que resultó realmente hermoso fue el hecho de reunirnos casi todos los integrantes de esta tertulia, que ha pasado por fases muy distintas: una primera, de tertulia literaria hardcore; una segunda, de tertulia de ciencia ficción; y una tercera, de mezcla ligera de todo lo anterior. Allí estábamos, lectores y amigos de edades muy distintas, visiones del mundo de lo más variadas y gustos culturales que a primera vista parecen incompatibles. La librería Montevideo se acabará, pero la tertulia sigue.

Julio Abelenda empieza una nueva aventura profesional en Lisboa. Le deseo mucha suerte pero, sobre todo, le pido que escriba un blog contando su experiencia. Aparte de librero afinado, es un escritor estupendo. Espero que nos narre como él solo sabe sus epifanías de los domingos y sus ganas de pegarse un tiro de los miércoles. Va a vivir en una de las ciudades más hermosas y más tristes de Europa, lo que solo puede proporcionarle material literario de primera categoría.

Al resto de los tertulianos les pido que continuemos con nuestras costumbres, aunque sea solo una vez al mes. Existe por ahí una novela corta de ciencia ficción que Ángel quiere que leamos y comentemos. Yo me comprometí meses atrás a hacer un monográfico sobre Clark Ashton Smith, poeta simbolista, escritor de fantasía decadente y tipo realmente curioso. Hay amistad y literatura para rato.

A veces tengo la impresión de que la historia de nuestra tertulia es un resumen del paso por la vida de los distintos componentes de la misma. Nos conocimos siendo unos jóvenes románticos y algo ingenuos. La vida real nos dio grandes zarpazos, hiriéndonos. Pero hemos sabido curarnos en su momento y ahí estamos con nuestras cicatrices de paladines o mercenarios, depende del caso, haciendo todos gala de veteranía. Lo realmente trágico en nuestra trayectoria conjunta fue la pérdida de uno de nuestros mejores tertulianos, Quintín. Pero siempre ha estado presente; en esta última reunión José Luis llevaba su bufanda, como muestra de que nunca se irá del todo.

En el universo de los cómics Marvel, los Vengadores tenían un grito que invocaba a toda los componentes del super-grupo: Vengadores, ¡reuníos! Nosotros tenemos uno propio acuñado por el sin par Julio Abelenda: ¡Tertúliense!

Ursula

Esta mañana me he levantado con una noticia muy triste. Ursula K. Le Guin, la gran escritora de ciencia ficción, fallecía el lunes a los 88 años en su casa de Portland.

No voy a hacer un repaso por su obra, ya que muchos lo están haciendo en este momento, casi seguro que mejor de lo que yo podría.

Me gustaría expresar mejor lo que Ursula y su obra significan para mí.

En cuanto a escritora, Ursula representaba el humanismo en la literatura de ficción especulativa. Su enfoque de la fantasía y la ciencia ficción siempre se acercó más a la filosofía, la psicología y la sociología que a la ciencia y la tecnología. Soñaba con mundos alternativos en los que los protagonistas, casi siempre dotados de psicologías convincentes y de una gran humanidad, hacían frente a dilemas éticos y filosóficos o  a retos sociológicos. No le interesaba la violencia, y en su saga de fantasía, Terramar, las aventuras eran sobre todo espirituales; rara vez se vertía sangre.

En cuanto a mujer, Ursula fue una persona avanzada que introdujo en el lenguaje más bien machista y conservador de la ciencia ficción dos palabras: feminismo y anarquismo. Fue una abanderada de  ambas filosofías, y desarrolló largamente sus posibilidades teóricas en sus novelas, relatos y discursos. Pero Ursula no era una mujer indignada sino tranquila, en parte porque seguía los principios del taoísmo; gracias a ella tenemos una de las mejores traducciones del Tao Te Ching, el libro principal de esta corriente de sabiduría oriental.

A principio de la década del 2000, cuando yo era todavía joven y me planteaba empezar a escribir, solía hacer listas de cosas: libros por leer, relatos por escribir, revistas a las que mandar mis relatos, etc. Una de estas listas, cómo no, era la de mis autores favoritos de ciencia ficción. Tuvo varias versiones, pero siempre hubo tres autores que no cambiaban y que estaban a la cabeza: Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury y Philip K. Dick. El lunes, mi amiga Ursula dejó este mundo, que viendo su deriva seguro que le resultaba ya muy feo, y entró en un parnaso doble: el de los autores inmortales de la ficción especulativa y el de los grandes autores norteamericanos del siglo XX.

Aunque ya no estés aquí físicamente, te seguiré leyendo, amiga Ursula. Tu narrativa fantástica, literaria a la vez que serena, seguirá siendo un modelo para escritores actuales y por venir. Tu vida, consagrada a poner lo mejor del ser humano en valor, es un ejemplo muy necesario en una época en la que el nihilismo y el hedonismo más estúpido campan a sus anchas.

Siempre te tendré en el corazón, contadora de mitos.

Los últimos Jedi o cómo sentirse viejo de una manera muy tontorrona

Soy un fan sin remedio de Star Wars. Mis familiares y amigos lo sufren, unas veces en silencio y otras haciéndomelo saber.

El hecho de que Disney comprase los derechos de la franquicia y se pusiese a vender películas, dibujos animados y muñequitos a cascoporro me pareció la mejor manera de revitalizar la saga y proporcionarme la cantidad de juguetes al año que como buen fan necesito. En ese ardor friki me hice con los tres juegos de rol que hay ahora a la venta y empecé a dirigir una campaña un tanto perversa para mi club de juegos de mesa, en el sentido que le quise dar un tono adulto que los productos oficiales no tienen. Pero esta entrada trata sobre cine, no sobre coleccionismo, así que no voy a seguir desviándome del tema.

En cuanto a las nuevas películas con el sello Disney, fui al estreno de El despertar de la Fuerza (2015) con emoción y Rogue One (2016) me cautivó en el segundo visionado. No obstante, Los últimos Jedi (2017) me ha dejado con un sabor agridulce. Y no debido precisamente a la falta de pericia del director Rian Johnson, pues creo que ha rodado uno de los mejores episodios de la saga. Mis motivos son, de nuevo, sentimentales.

Luke Skywalker siempre fue mi personaje favorito de la saga. El mito de ese niño de un planeta inmundo que terminaba convirtiéndose en el último Caballero Jedi me ha acompañado durante toda la vida. La mayor parte de los chavales de mi generación querían ser Han Solo, pero yo prefería a Luke, vestido como un cura en El retorno del Jedi (1983), haciendo increíbles proezas de la Fuerza y salvando finalmente al monstruo de su padre de su condena espiritual.

Pues bien, en esta última película resulta que Luke ha fracasado por completo como Jedi; ha ayudado a crear al ser más poderoso del Lado Oscuro del momento, su sobrino Kylo Ren; es tal su decepción vital que se ha retirado a una isla en un planeta perdido donde unas monjas alienígenas parecen hasta lavarle la ropa y, lo peor de todo, se ha desconectado de sus responsabilidades hacia el resto de la galaxia.

Todo esto sería un tremendo desatino con respecto al personaje si no fuese porque esta película habla de algo que no nos suele gustar a los fans de Star Wars: dejar morir el pasado y abrirse a lo nuevo.

Cada vez tengo más claro que la nueva trilogía no está hecha para las personas de mi quinta (la desaparecida para los medios Generación X), sino para nuestros hijos. En el nuevo universo de Star Wars, la religión es innecesaria, pues Rey es capaz de ser una Jedi completa sin ningún tipo de formación y, mejor aún, sin adoctrinamiento. El cuidado por las especies alienígenas no inteligentes se convierte en un eco de la lucha de los animalistas en el mundo real. Los personajes realmente importantes son mujeres fuertes que continúan de forma natural e intuitiva el legado de la Orden Jedi o dirigen con pasión y determinación lo que queda de la maltrecha Resistencia. No hay ya espacio para viejas estructuras heteropatriarcales como un Consejo Jedi compuesto casi únicamente por representantes masculinos.

Mi conclusión tras ver Los últimos Jedi es que el mundo de mi infancia se ha acabado para dar el relevo al mundo de la infancia de nuestros hijos y sobrinos, un lugar muy diferente con otras reglas, otra forma de hacer las cosas más igualitaria y otros héroes más diversos en cuanto a orígenes genéricos y étnicos.

En este momento me siento como ese Luke envejecido, el último representante de una religión que nadie recuerda ni necesita, con un cierto sabor a fracaso en la boca, pero dispuesto a echar una mano a la galaxia cuando realmente se me necesite. Si es que eso está realmente por ocurrir. Si no, seguiré bebiendo mi leche verde de león marino interplanetario y trataré de no dar más trabajo de la cuenta a las pobres monjas alienígenas.

Reencuentro

Hay ciudades en las que he sido muy feliz, de una forma u otra. Si tuviese que elegir una de ellas, sería Oxford, a la que he viajado solo con personas a las que aprecio especialmente.

Hace ya unos cuantos veranos, tuve el placer de estar allí con mis dos compañeros de facultad, escritores y libreros, Agustín Lozano y Julio Abelenda. Fue un viaje iniciático que lo tres recordamos con especial cariño. Discutimos sobre los mitos de Cthulhu en el jardín botánico. Visitamos la tumba de J.R.R. Tolkien. Compramos recuerdos de la ciudad en la tienda más grande del mundo dedicada enteramente a Alicia en el País de las Maravillas. No podíamos dejar de imaginarnos las aventuras allí vividas por la utópica Hermandad Prerrafaelita, los dandies seguidores de Oscar Wilde, o los proto-frikis cristianos del círculo de C.S. Lewis. Queríamos ser escritores como ellos y no queríamos marcharnos de aquel escenario de ninguna forma.

Pasaron los años y la vida nos fue distanciando. La crisis nos obligó a trabajar en muchas ocasiones en puestos alienantes que nos alejaban por completo de quienes éramos realmente. El amor no nos trató bien; en la época de las apps para ligar, tener un marcado carácter romántico parecía anticuado y rancio, como mucho una rareza de la que disfrutar una sola noche. El sentido del humor se volvió ácido y cada uno buscamos una salida al callejón tapiado que parecía el siglo XXI: el activismo político, el misticismo, la devoción hipertrofiada por el amor romántico o, simplemente, la excentricidad.

Muchas veces soñé con que la fotografía que adjunto pudiese volver a repetirse, pero me parecía casi imposible. No obstante, yo era el único que hacía gala de tener algo de fe en un grupo de ateos convencidos. Colgué esta foto en mi muro de Facebook, con el objetivo secreto de que volviésemos a compartir en algún momento esas sonrisas de absoluta plenitud.

El reencuentro sucedió hace unos meses, después de mucho tiempo sin vernos. Una comida humilde en una hamburguesería y un café con helado de los que tanto le gustan a Julio. Además, disfrutamos de la presencia de alguien que se está convirtiendo por derecho propio en un nuevo integrante del grupo, Samuel Grueso.

Ha sido curioso comprobar cómo cada uno ha tirado por caminos bien distintos, como si el mapa que nos trazamos en la facultad no hubiese sido realmente válido para ninguno de los tres. Al mismo tiempo, los tres estábamos situados en nuestros respectivos territorios, cumpliendo muy poco a poco nuestros sueños.

Pienso ahora en aquel viaje a Oxford y me doy cuenta que no fue en vano. Allí plantamos las semillas de quienes seríamos casi una década después. Solo que cada uno éramos de una especie vegetal bien distinta. Ahora solo espero que algún día podamos repetir este ese viaje, ya como personas “hechas”, para disfrutar de los logros realizados y vislumbrar entre la niebla los diez años siguientes.

Como inauguración de esta nueva etapa de nuestro peculiar grupo literario, me sumo a la iniciativa de Agustín y Samuel de reactivar nuestra actividad bloguera. Espero que nuestras bitácoras sirvan de canales de comunicación, fuentes de ideas, lugares donde celebrar a vida o compartir tristezas sin que duelan tanto.

Me alegro de inaugurar este Concliábulo 2.0. ¡Que dure mucho tiempo!