Baterías para la eternidad

Uno.

—¡Mami, mami!¡Hay un sacerdote preguntado por papi!

La pequeña entró en el huerto, emocionada por la importante visita que tenían sus padres aquel día. La señora García dejó de inmediato sus actividades y se dirigió a la entrada de la granja. Al otro lado de la valla electrificada esperaba un hombre de edad indeterminada, vestido con la túnica naranja, muy ajada, característica del Gobierno Intemporal. Su amuleto con forma de estrella de tres puntas informaba de que era un diácono, posiblemente un archivero o historiador de los Tiempos Mejores.

Tras desconectar los sistemas de seguridad de la propiedad, la señora García abrió la puerta principal y salió a recibir al hombre sagrado.

—Bienvenido sea, hermano.
—Soy el diácono Alexandros, del Gobierno Intemporal de la Ciudad de Joz. Vengo a estudiar el artefacto del que dio conocimiento su marido.
—Pase, pase, no se quede en la puerta.

Mientras hacía una reverencia, la señora pudo ver más de cerca a aquel representante de la autoridad religiosa. Tenía un rostro anguloso y sereno. Sus ojos azules parecían mirar desde más allá del tiempo. Aunque el conjunto era atractivo, una descuidada barba blanca enmarañaba sus rasgos y la extrema delgadez de su cuerpo daba a entender que se trataba de un asceta, posiblemente dedicado por completo a la meditación y al estudio.

El diácono cruzó el umbral de la puerta.

—Ahora mismo lo llevo con mi marido. Está cuidando de la tomatera que hemos conseguido hacer crecer.
—¿Lo dice en serio?
—Sí. Con mucho esfuerzo hemos conseguido que cuaje.
—Ya me dijeron que esta era una de las granjas más ricas del extraradio. Tienen mucha suerte. “Suelo donde hay Vida es suelo tocado por la Gracia”, dice el Libro de los Dones.
—¡Alabada sea la Gran Voluntad! —respondió la granjera mientras hacía la señal de la estrella de cinco puntas en su torso.

Ambos cruzaron el huerto, en el que el diácono pudo ver al menos dos perales, un naranjo y varios arbustos que no supo clasificar. En el extremo oriental del huerto, el señor García regaba cuidadosamente la tomatera, que ya había comenzado a dar sus primeros frutos. Al ver llegar a su mujer acompañada por el diácono, dejó la regadera en el suelo y se limpió las manos en su mandil.

—Cariño, te presento al hermano Alexandros. Viene a investigar lo de tu artefacto.
—Encantado, soy Emilio García, el propietario de estos terrenos —dijo el granjero, sin poder evitar mostrar una cierta dosis de orgullo innecesario.

Los dos hombres se dieron un fuerte apretón de manos.

—Si me acompaña, le llevo al cuarto de los cacharros, donde tengo lo que ha venido a buscar.

Dentro del propio huerto había una caseta donde la familia guardaba los aperos. Por la ligereza de trato y la vitalidad del señor García, el diácono intuyó que se trataba de un granjero de mucho éxito, capaz de hacer crecer vida en el suelo más envenenado. Las estrictas medidas de seguridad que protegían la zona sólo podían mantenerse con un generador eléctrico propio y aquello era un privilegio de muy pocos.

El señor García se adentró en el cuartucho y rebuscó en una mesa con varias cajas repletas de herramientas. Finalmente sacó un cofre de latón de aspecto muy antiguo. Lo abrió y mostró en su interior lo que parecía un pequeño blister de plástico y cartón. El diácono abrió los ojos de par en par y por un momento el hielo azul de su mirada pareció derretirse.

—¿Puedo verlo con detenimiento? —sugirió en un tono apocado.
—Por supuesto.

Aunque pareciese increíble, aquel pack estaba intacto y en su interior descansaban cuatro pilas alcalinas de la marca Duracel, con el tamaño exacto que necesitaba para sus propósitos.

—¿Y qué quiere a cambio de esto?
—Una bula, señor diácono. Una bula para toda la familia. Mi esposa tiene el Mal de los Antepasados y es probable que yo lo manifieste en breve. En caso de morir nos agradaría hacerlo sabiendo que la Gran Voluntad nos acogerá en su seno y que la Catedral se hará cargo de nuestra hija.
—Tendré que estudiarlo junto al Obispo Constantinus. Sabe que una bula es algo muy especial, que sólo se da a aquellos tocados por la Gracia.
—Señor, el hecho de que estas baterías hayan caído en mis manos es una señal de que la Gran Voluntad tiene presente a mi humilde familia.
—No le falta razón. La Gran Voluntad señala a los suyos con los Dones de la Tecnología y la Prosperidad.
—¡Alabada sea la Gran Voluntad! —gritó el señor García, mientras se arrodillaba a los pies del hombre sagrado en señal de agradecimiento por sus palabras.

Dos.

Alexandros dejó atrás la puerta principal de la Ciudad de Joz, donde la Guardia del Gobierno Temporal revisaba detenidamente a todo aquel que accedía al recinto urbano. Los hombres sagrados eran lo únicos que pasaban sin ser cacheados.

Muchos habitantes de Joz saludaban con respeto al diácono durante el largo trecho que iba desde la puerta principal hasta el ágora de la ciudad, donde se había levantado la catedral nueva tras ser destruida su antecesora en la Guerra Final.

Este edificio religioso estaba construido al estilo gótico, imitando las antigüedades anteriores a los Tiempos Mejores. En el recinto catedralicio había otras cuatro construcciones puramente funcionales, erigidas con vistas a ser sustituidas cuando las arcas del Gobierno Intemporal volviesen a estar llenas. Una de ellas, levantada en cemento y metal y con grandes cristaleras vidriadas, era la biblioteca. Su acceso estaba custodiado por un sacerdote-guerrero del Gobierno Intemporal. El fusil de largo alcance que portaba entre las manos resultaba un buen medio de disuasión para cualquiera que quisiera fisgonear en los tesoros de la biblioteca.

Bastó un solo saludo del diácono para que el sacerdote-guerrero abriese la puerta de acceso al edificio. Alexandros cruzó la galería repleta de anaqueles y mesas de estudio, donde decenas de postulantes investigaban todo tipo de bienes culturales de los Tiempos Mejores. Había libros de todos los tamaños, discos de vinilo con sus respectivos gramófonos, radios de distintas épocas, televisores, ordenadores muertos hacía décadas y un largo etcétera de artefactos. Al final de la galería principal, unas escaleras conducían a la sala de seguridad de la biblioteca. El diácono bajó por ellas y sacó una de las llaves que ocultaba en el interior de sus vestimentas. Al abrir la puerta de la sala se llevó la sorpresa de encontrar las luces encendidas y al Obispo Constantinus buscando algo entre las estanterías. El máximo jerarca religioso de Joz era un hombre alto y voluminoso. Tenía la cabeza rasurada y lucía una perilla blanca. Sus ojos verdes, inquisitivos, parecían cargados de electricidad.

—¿Eres tú, Alexandros? Pasa y cierra —dijo el obispo en un tono autoritario.
—Señor, tengo buenas noticias. He encontrado baterías para el walkman Sony. Podremos seguir escuchando las cassettes de la caja trece al menos durante varios meses.
—¿Ah, sí? ¿Y que tendremos que dar a cambio?
—Increíble. Nada, una simple bula. Las baterías fueron encontradas por un granjero bastante iletrado pero con una gran fe.
—Eres un manipulador, Alexandros. Juegas con las creencias del vulgo.
—Y gracias a eso soy uno de los principales suministradores de tesoros de la biblioteca.
—Lo cierto es que todos somos manipuladores. Sin el engaño, la cultura se perdería definitivamente.

El obispo dijo estas palabras mientras manejaba los botones de una cadena musical. De repente unos dulces acordes retumbaron en la estancia.

—¿Los recuerdas, Alexandros? Son The Beatles.
—Por supuesto, Strawberry Fields Forever. ¡Qué maravilla de canción!
—No deberíamos torturarnos con todo esto. Este mundo ya pasó.
—Lo que daría por volver a los Tiempos Mejores…

Mientras el diácono decía estas palabras, la voz de John Lennon cantaba en la lejanía del tiempo “Let me take you down ‘cos I’m going to Strawberry Fields…”

—Ahora se trata simplemente de conservar, a la espera de que los Gobiernos Temporales traigan unos nuevos Tiempos Mejores —prosiguió el obispo—. Nosotros no los veremos, ya que nos queda poco.

Y cuando John Lennon dijo “nothing is real” una lágrima resbaló por el rostro del diácono Alexandros.

Fecha: Marzo 2009

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