Aceptación

Una mezcla de olor a incienso recién quemado, saliva, sudor y tabaco impregnaba la habitación de Rocío. La luz tenue de la lámpara sobre la mesilla iluminaba el cuerpo desnudo de Ángel, que esperaba sobre la cama a la chica mientras se palpaba una y otra vez la frente. “Por favor, que no ocurra, que esta vez no ocurra”, se decía a sí mismo. Entonces concentraba su atención en el tema de Radiohead que sonaba en el cassette o en el póster de gran tamaño de la cantante Björk que había colgado junto al armario. Mecanismos mentales que le ayudaban a superar el miedo, ya que era la primera vez que se iba a acostar con alguien y temía perder el control.

—Apaga la luz un momento, que tengo una sorpresa —dijo Rocío desde el otro lado de la puerta.

Ángel obedeció, preguntándose qué se traería entre manos su compañera. Rocío se aproximó hasta la cama con pasos desnudos.

—Ya puedes encender.

Un estremecimiento de terror paralizó a Ángel. Rocío tenía un cuerpo hermoso, curvilíneo aunque sin excesos. Sus pechos redondos no eran muy grandes, pero estaban firmes y turgentes. Un tatuaje con el símbolo del ying y el yang se situaba estratégicamente a unos centímetros por encima de su pubis rasurado. No obstante, lo que heló la sangre de Ángel fue un elemento que sobraba de cualquier anatomía razonable: Rocío tenía una cola negra de diablesa, acabada en punta de flecha, que se movía libremente sobre su trasero.

—¿No te gusta mi cola? —preguntó ella, decepcionada.
—Eso no debería estar ahí —respondió Ángel lacónicamente.
—No te hagas el remilgado conmigo. ¡Sé que eres uno de los nuestros! Estoy completamente convencida. Ahora te toca enseñarme tu secreto. Estamos solos en esta casa, desnudos y sin nadie alrededor que nos escuche. No vamos a encontrar otra ocasión como ésta.
—¡Yo no soy uno de los vuestros! —exclamó Ángel, mientras se tapaba la frente con las dos manos.

Apresuradamente se levantó de la cama y empezó a recoger su ropa del suelo.

—No lo entiendo. De verdad que no lo entiendo —dijo Rocío, mientras dejaba caer su cola, ahora fláccida—. ¿No estábamos en lo mismo?

Ángel se ajustó el cinturón sobre sus pantalones chinos. Después cerró los botones de la camisa y se puso el chaleco.

—Por favor, no vuelvas a llamarme. No quiero saber nada de la gente como vosotros.

Y sin mirarla, avanzó hasta la puerta y la cerró tras de sí con un portazo.

Al día siguiente, Ángel se dirigió a la facultad con el deseo de no encontrarse con Rocío ni con ninguno de sus amigos. Estaba convencido de que todos ellos ocultaban “sorpresas”. No haría público su secreto, pero tampoco deseaba mezclarse con los de su calaña.

No obstante, en una facultad pequeña como la suya, con menos de setenta alumnos en total, era complicado no encontrarse con alguien. Y justo en frente de la puerta del aula donde le tocaba la primera clase de la mañana se topó con Rocío. Miguel, Chuli y Luis la rodeaban, uniformados con camisas de franela a cuadros, pantalones vaqueros rotos y melenas grasientas y descuidadas. Ángel pensó que formaban la célula perfecta de terrorismo genético, un conciliábulo peligroso.

Cuando Rocío vio llegar a Ángel, se separó de su grupo y se le acercó con expresión de seriedad en el rostro.

—Nos has defraudo. Eres un cobarde. Pensábamos que estabas preparado, pero en el fondo deseas ser como los demás. Tienes miedo de ti mismo, de mostrar lo que eres en realidad.

Él se frotó la frente nervioso. Notó una cierta humedad. Se miró la mano y comprobó que estaba perlada con tres gotas de sangre.

—Mira, no tenemos nada que hablar. Yo no soy un monstruo. No quiero ser un monstruo.

Entonces echó a andar a toda velocidad, sorteando a Rocío y a sus amigos. Cuando llegó al servicio se aseguró de que estaba solo. Después se apoyó sobre unos de los lavabos y se miró en el pequeño espejo que había sobre el mismo. Comprobó que estaba extremadamente pálido, que había adelgazado mucho en las últimas semanas y que las entradas en su cabello anunciaban una calvicie incipiente. Pasaba las noches sin dormir y apenas comía. La tristeza y la rabia se apoderaron de él cuando constató que en el centro de su frente se abría de nuevo un tercer ojo, con una pupila roja. Una gota de sangre resbalaba desde uno de los lagrimales.

—No soy un monstruo. No soy como ellos. No debo ser como ellos…

Fecha: Octubre 2009 | Revisado: Junio 2016

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