Simulacro perfecto

Tras acabar de decir aquellas palabras tan duras, rompió a llorar desconsoladamente. Me arrimé a ella con lentitud y la rodeé con los brazos. No ofreció resistencia.

—Tranquila, no pasa nada —le dije.
—No te merezco. No soy digna de ti —me respondió entre sollozos.

Permanecimos quietos varios minutos, sumidos en un silencio tibio. Por un momento pensé que mis brazos firmes y poderosos contrastaban con la suave vulnerabilidad de su cuerpecito. Fue entonces cuando algo parecido a la tristeza nubló mi ánimo. El origen de aquella sensación no estaba en lo que me acababa de confesar. No me afectaba demasiado saber que yo era un producto de su deseo, una criatura a la medida de sus necesidades. Tampoco me turbaba llegar a la conclusión de que la mayor parte de mis recuerdos habían sido implantados. Ella daba sentido a mi vida, ya fuera real o ficticia. Si existía verdaderamente, era sólo por su presencia. Mi melancolía venía dada porque sabía que a partir de ese momento, y conforme pasasen los años, ella envejecería y yo permanecería a su lado intacto, eternamente joven. Siempre había aspirado a ir cubriendo etapas a su lado, marchitarme lentamente, llegar a la vejez para compartirla. Ya nada de eso ocurriría. Me encontraba entre las filas de esas tristes creaciones que entierran a sus creadores.

Deshice mi abrazo mientras ella permanecía cabizbaja. Acerqué la mano a su barbilla y con suavidad le guié el rostro hasta enfrentarlo con el mío. Sus ojos verdes parecían reflejar una gran culpa. Finalmente aproximé mis labios de piel artificial a los suyos orgánicos y perecederos. Como de costumbre, no los rechazó. Yo era su sueño encarnado, un simulacro sin imperfecciones de aquel al que tanto quiso y nunca le correspondió.

Mi perdón sólo podía traducirse en permitir que siguiese siendo así.

Fecha: 2006

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