Cumpleaños

Hoy tengo una de esas tardes de viernes nada fuera de lo común: navego por las novedades de Facebook mientras en mi equipo suenan los Dead Can Dance. Bueno, para ser sincero, y como le decía hace un momento a un buen amigo, reconozo que tengo uno de esos «días clásicos de depresión pre-cumpleaños».

Mañana cumplo 45 añitos y estoy en un buen sitio: tengo una novia que me quiere de verdad, mi familia está estupendamente de salud y gozo de un puñado de amigos creativos y bastante locos con los que lo paso en grande.

Pero hay dos pérdidas en los últimos años que me pesan.

En primer lugar, han salido del escenario de mi vida de algunas personas a las que he querido mucho y con quienes se rompieron todos los puentes de comunicación durante la etapa dura del COVID. De entre todos ellos, echo especialmente de menos a cierto escritor tocapelotas que siempre fue una parte esencial de mi vida. Durante el confinamiento nos posicionamos en extremos ideológicos que han terminado por destruir nuestra amistad. Él se convirtió en un improbable paladín de la «vieja guardia» del sentido común y de todas esas chorradas propias de una alt-right que lleva mal que el mundo cambie. Yo me posicioné en el extremo opuesto, en una defensa rabiosa y agresiva de las minorías y del progreso, quizás incurriendo en radicalismos innecesarios. Y así rompimos 25 años de proyectos y desencantos comunes, de frente romántico contra el mundo feo de ahí fuera, de amistad entre perdedores imaginativos. Todas las mañanas paso en frente del edificio que acogió la primera facultad de Biblioteconomía en Badajoz. Nos recuerdo por allí con 19 años compartiendo nuestros primeros proyectos literarios mientras nos saltábamos las tediosas clases de Archivística. Y pienso que la vida puede ser muy puta y nosotros muy gilipollas. Echo de menos a ese demonio cabroncete esté donde esté ahora.

En segundo lugar, me doy cuenta que desde el comienzo del ominoso 2020 se ha esfumado la poca ingenuidad que me quedaba. Sobre eso escribo detenidamente en mi diario, pues no es material para hacer público. Me afano por conservar costumbres y entusiasmos, por seguir proyectando mi imagen de gótico-friki y ejercer el sacerdocio de la Imaginación en un mundo donde predominan las miserias personales, el estrés y las injusticias diarias. Entonces añoro un pellizco mínimo de esperanza, aunque sea como el primer chute de especia de Paul Atreides en Dune, un colocón menor que se pase en unas horas. Mi motor hoy en día es la compasión, la necesidad de colorar mi vida coloreando la de los demás, aunque sea en tonos rojos, rosas y violetas. La verdad es que veo pocas salidas con calidad humana a un presente que se ha convertido en la distopía cyberpunk que los lectores de ciencia ficción esperábamos.

Por suerte, en este momento otoñal hardcore estoy bien acompañado. La melancolía ahora me dura lo justo antes de descacharrarme con mi pareja viendo un capítulo de la telecomedia de vampiros Lo que hacemos en las sombras o alguna aventura lisérgica de Star Trek: La serie original. Al final está ahí la auténtica alegría, en un lugar pequeño pero calentito y acogedor que ni imaginaba cuando soñaba con ser grande.

Brindo porque las depresiones a partir de ahora duren solo 24 horas, justo lo que dura el 5 de noviembre. ¡Vamos a por esos 45!

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