El sino

Este es mi final, el que me mostraron los devas por primera vez en las aguas reveladoras de la Cueva de los Misterios, el material de mis pesadillas durante los últimos quince años. Nunca había estado antes en este planeta inmundo bien llamado Gólgota. Menos aún en esta aberración arquitectónica. Pero todo me resulta familiar. Las paredes de carne palpitante, surcadas por arterias que rezuman fluido verde, son el escenario de mi caída. El olor a cuerpos putrefactos que se filtra a través del sistema de respiración de mi exoesqueleto es el aroma de mis peores noches. Y sé que al final de este pasillo está Eqqanoth, un demonio al que no seré capaz de vencer, un terror que tomará posesión de mi cuerpo.

Tengo miedo, una sensación que antes apenas había conocido. Miro los cadáveres de los que me precedieron, amarrados mediante cadenas al techo vivo de la fortaleza, y pienso que tuvieron un final más digno que el que me espera a mí. Aún puedo dar marcha atrás. Puedo volver al campo de batalla y pedir a uno de mis hermanos que cumpla con el objetivo que se me encargó. El Obispo Benedictus confió en mí, pero quizás no soy la persona adecuada para cumplir este designio del Demiurgo. Le explicaré la visión que me regalaron los devas durante mi iniciación y entenderá que no me enfrentase personalmente al engendro. O tal vez no, tal vez considere que he perdido mi devoción, que he pensado más en mi salvación personal que en el destino de la humanidad.

Soy un cruzado. Visto un exoesqueleto de combate forjado en oro y acero plástico. Porto la flecha sagrada de la Iglesia inscrita sobre el pectoral de mi armadura. Se me ha otorgado una lanza de fuego blanco, el arma de combate más preciada del arsenal de la Iglesia. Guardo enfundada mi espada de fuerza bendecida, con la que he arrancado la vida a cientos de servidores del Mal. Las cicatrices de mi cuerpo atestiguan mi fe. No puedo rendirme. No puedo decepcionar a quienes han puesto toda su confianza sobre mí. No puedo fallarle al que todo lo ve y todo lo sabe. Me enfrentaré a mi sino. Si mi vida ha de acabar dentro de unos minutos, la finalizaré cumpliendo con mi compromiso.

Noto que me tiemblan las piernas mientras recorro este pasillo vivo. Respiro hondo. Sé que Eqquanoth me espera al final del corredor. Por lo tanto invocaré una bendición de protección sobre mi cuerpo.

—¡Señor del Cosmos! ¡Demiurgo que todo lo proteges! ¡Que este cuerpo no pueda ser mancillado por las armas del Terror! ¡Por Tomás el Profeta y todos los que de él aprendimos!

Una lluvia de luz riega mi cuerpo. Un fulgor sagrado me envuelve. El Demiurgo está conmigo, me escucha. Mis piernas han dejado de temblar.

Sentado sobre un trono de huesos, hierros retorcidos y piel, me espera Eqquanoth. Cuando entro en su habitáculo se incorpora y extiende sus alas mecánicas. Me mira con su cabeza de carnero. Sus ojos brillan con una luz verde, hipnótica, que intenta hechizarme. Aparto mis rostro y pongo la lanza de fuego blanco en posición de ataque. Disparo. Tras el sonido ensordecedor del arma, escucho el rugido de la bestia y me atrevo a hacerle frente con la mirada. Eqquanoth está envuelto en un incendio níveo que devora las partes orgánicas de su cuerpo. Ahora le veo abrir la boca. Un vómito de fluido verde surge de ella abrasándolo todo en su camino hacia mí. Mi exoesqueleto se resiente ante el contacto del ácido. Resistiré este ataque gracias a la bendición, pero no sé si podré aguantar otro.

—¡Señor del Cosmos, dame fuerzas! —grito desgañitándome.

Tengo que aproximarme hasta el terror. Dejo caer la lanza de fuego blanco sobre el suelo. Mientras recorro el trecho que nos separa, desenfundo mi espada de fuerza bendecida. Eqquanoth sabe cuál es mi siguiente paso y hace crecer en sus manos unas garras retráctiles de acero. De repente empieza a moverse a gran velocidad. Apenas soy capaz de esquivar sus tres ataques seguidos. El fuego blanco no ha limitado su capacidad de movimiento. Enarbolo mi espada y utilizo los sistemas de extensión de movimiento de mi exoesqueleto para dar un salto sobrehumano. Suspendido en el aire lanzo un mandoble que siega la cabeza del engendro. Mientras aterrizo en el suelo veo caer su cuerpo descabezado envuelto en el incendio argentino. De su cuello surge un torrente de vómito ácido que arrasa el techo.

A pesar del daño que le he hecho, la criatura se incorpora. Me lanza un zarpazo que arranca de cuajo la placa delantera de mi exoesqueleto, llevándose consigo la flecha  sagrada de la Iglesia. Mi exoesqueleto ha quedado dañado. Intento mover mis piernas con velocidad, pero no puedo. El vómito verde empieza a salpicarme, corroyendo las placas de armadura que me protegen. La criatura ha sobrevivido a su decapitación y está dispuesta a continuar el combate. Por suerte, los sistemas de extensión de movimiento siguen funcionando en mis brazos. Hago un arco con mi espada y termino ensartándola en el corazón de la bestia. El tórax del demonio revienta, haciendo caer sobre mí una lluvia de vísceras sanguinolentas y ácido. Mi armadura empieza a deshacerse ante el choque con los despojos. No obstante, el cuerpo de la criatura cae al suelo como una masa inerte. No intenta levantarse de nuevo.

Me desajusto el exoesqueleto y dejo caer sus piezas corroídas. No puedo creerlo, pero he vencido. Eqquanoth ha muerto y ha sido incapaz de poseerme. Mientras observo su cuerpo yerto me pregunto por qué los devas me hicieron ver un final distinto para este enfrentamiento. Ellos me mostraron un destino que debería ser inevitable y que sin embargo no se ha cumplido. Durante años me ha perseguido el temor hacia este instante.  ¡Tiene que haber una razón para tal embuste! Quizás era necesario que creyese que hallaría mi fin este día para motivarme en todas mis misiones anteriores. O quizás los devas me han manejado como una marioneta… ¡Señor del Cosmos, no me permitas dudar! ¡No me permitas que cuestione el sentido de todo esto! Soy un cruzado, soy un Templario, sirvo al Demiurgo…

Fecha: 2010 | Revisado: Enero 2018

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